Libertad de expresión

Datos personales

Mi foto
Todos los seres viven unos instantes de éxtasis que señalan el momento culminante de su vida, el instante supremo de la existencia; y el éxtasis brota en la plenitud de la existencia pero con completo olvido de la existencia misma. "LA LLAMADA DE LA SELVA" JACK LONDON

23.2.26

Reflexión ¿Oscura?

CONTENIDO ALTAMENTE EMOCIONAL



Esta no iba a ser la entrada que tenía pensado publicar este mes, pero ha ocurrido algo que lo ha cambiado todo, y me veo obligada, por necesidad, a publicar esta. "Mejor dentro que fuera" pensaba como título, porque pretendo soltar todo lo que ronda por mi cabeza, así dejará de hacerme daño y el dolor será libre. Podría hacerlo igualmente a modo privado, escribir los pensamientos que me atormentan y listo, dejarlos ahí, en una carpeta, sin que nadie los lea, para que no hagan daño, para que no rayen a nadie más. Pero no. Necesito compartir estos pensamientos con otras mentes. Tranquilos, no creo que a vosotros os hagan daño, ni tan si quiera que duela un poco, al fin y al cabo son palabras de una desconocida a través de una pantalla...o sea... nada. Solo palabras. Pensamientos íntimos, reservados, exclusivos, convertidos a palabras públicas. Un entretenimiento más... solo eso. Pienso, que, quizá, si lo comparto con vosotros, me deis un enfoque diferente, y lo que pienso que me hace daño, se de la vuelta, y consiga transformarlo en algo positivo, o al menos, más liviano. Siempre es bueno compartir las emociones, y más, si son oscuras. Si te las guardas para ti... creas una cárcel sin escapatoria en tu propia mente, y de ahí a la locura... poco centímetros hay. Aunque tampoco me considero una persona muy cuerda, o quizá sí, pero al estar en un mundo de locos ¿Quién es el loco aquí? Qué mas da... si estoy loca y no me doy cuenta, mejor, porque estar loco y ser consciente de ello debe de ser insufrible ¿O no? He tratado con locos y siempre he querido preguntarles si saben que están locos, pero nunca lo he hecho, no por miedo a que mi pregunta los altere y se pongan agresivos, o se les vaya la pinza y arremetan contra mí, más bien porque me da miedo su respuesta, y si... ¿También estoy loca y su respuesta me resulta más coherente de lo normal? ¿Significaría eso que yo también estoy loca? ¿O que nosotros estamos cuerdos y la locura es en el resto del mundo? A lo que siempre me pregunto ¿Qué es exactamente la locura? ¿Cuál es el nivel exacto para definirla? ¿Quién puede asegurar al cien por cien que está completamente cuerdo? 
Bueno, voy a lo que voy, porque ya me estoy yendo por las ramas, y tampoco era de la locura de lo que deseaba hablar.

Resulta que el 2025 fue un añito... de cojones, sí reconozco que me pasaron algunas cosas buenas, pero... más malas. A ver, quizá no pueda catalogarlas como "malas" en lo que significa la palabra como tal, pero el año fue duro, demasiado dolor para gestionar mientras intentaba mantenerme a flote para no caer en un abismo que no sabía si sería capaz de solventar. Todo comenzó a mediados del 2024 y a raíz de ahí se introdujo en todo el 2025. Ya a finales, cuando por fin sabía que dejaría atrás ese año nefasto que jamás olvidaré, y entrábamos en el 2026, me prometí a mi misma que sacaría fuerzas de donde fuese para seguir adelante, pensaba solo tengo que aprender a gestionar estas nuevas emociones, sacar fuerza de las mismísimas entrañas, no rendirme ante la vida La teoría, genial, ahora ponlo en práctica...
Noticias negativas, una tras otra. No había salido de una que ya tenía embarrada hasta la rodilla la otra. Como si de repente, todo lo malo que había estado evitando de la vida me llegase de golpe, sin remedio, sin solución, ahí lo llevas xoxo pa' que no te aburras. Nada, había estado viviendo en una burbuja egoísta con un pedazo de escudo que me hice yo misma, y vivía feliz, apartada de los problemas ajenos, de los que nunca me sentí responsable. Pero de repente, no sé cómo, tiré el escudo y lo hice añicos, como si pensase que nunca más lo necesitaría ¡Ilusa de mí! Y claro, pues ahí vinieron en mi busca, problema tras problema, dolor tras dolor, superación tras superación, un no parar. A veces ni si quiera era consciente de la cantidad de emociones que podía tener durante unas horas. Me convertí en una auténtica montaña rusa con patas de emociones y sentimientos. Un saco enorme a punto de explotar. Pero no me dejaba avasallar, tiraba como podía. Todo esto en silencio, comiéndomelo sola. Sonrisa para todos menos para el espejo, ese fue mi único sostén, el espejo, a él no podía engañarlo. Con él desparramaba todas las lágrimas que escondía al exterior, todos los pensamientos que tragaba y apartaba para no hacer sufrir a nadie más, todos los gritos que ahogué cuando me ganaba la impotencia y la desesperación. Llegaba frente al espejo y era libre. La típica imagen de alguien que llega a un lugar seguro y se quita la máscara para poder ser uno mismo... pues eso, pero delante del espejo ¿Había máscara? Quizá, pero yo no la intuí. Solo pensaba en ahorrar sufrimiento innecesario a otras personas, que también pasaban por lo suyo. Acabé soportando mi dolor y sufrimiento en silencio, y además, tomé el papel de hombro para que los demás depositasen sus cabezas mientras se desahogaban en lo que ellos pensaban que era una persona fuerte, y no, no lo era, o al menos no tanto como yo pensaba, pero me callé ¿Para qué decir nada? ¿Para crear más inestabilidad y sufrimiento? No. No podía hacer tal cosa. Me callaba, soportaba, ayudaba y cuando llegaba a casa, en mi soledad, y con mi espejo, entonces soltaba.
¿Aprendí? ¡Una barbaridad! Lo que no te mata te hace más fuerte, dicen, pues no sé si seré más fuerte pero sigo viva, que ya es mucho.
Pues nada, llega el 2026 y me siento genial, con infinidad de proyectos por ejecutar, planes...lo normal a comienzos de año, que todos nos ponemos metas y comenzamos con garra y fuerza. Iba bien. De verdad que iba bien. Tú sabes... arrastrando un poco el 2025... pero iba bien. Hasta la maldita noticia. 
Yo me imagino a ese tal dios, sin ofender a nadie, que no digo que ni exista, ni si creo, ni nada relacionado con ese tema, no en esta entrada, es más bien como una imagen proyectada en mi cabeza que voy a describiros. Pues como decía, me imagino a ese dios observándonos a todos desde lo más alto de cualquier lugar, mira menganito está haciendo esto, le voy a ayudar, mira este otro ¿Qué se cree? Vamos a encabronarlo un poquito...y llega a mí, y dice, mira esta, que se cree dura y fuerte después del añito que le he hecho pasar y ahí va, feliz, indiferente, como si nada le afectase ¡Pues se va a cagar! Y me tira un bidón entero de cemento. El cemento ya sabéis que necesita un tiempo para ponerse duro. Pues nada, mientras tanto, yo sigo caminando, pasito tras pasito, cada vez más lento, más trabajoso, siento como se va endureciendo y mi lucha por no quedarme en el lugar es cada vez menos sostenible, pero no desisto. Y ese dios, flipando ¡Y no se para oye! Pues venga, hoy estoy que arraso, otro poquitito de cemento, a ver cómo sigue ahora. Y ese cemento que vuelve a caer sobre mí, ahora me ha dolido, porque el granuja no me lo ha tirado líquido, si no en su proceso avanzado de dureza. Me duele la cabeza del golpe, pero no desisto. Miro hacia arriba con intención de echarle una de esas miradas que matan, pero no, pienso, bueno, él tiene el poder, luchar contra ello solo me debilita, nada, sigo mi camino, embadurnada de un cemento cada vez más duro. Siento que nada me detiene, que puedo conseguirlo, pero por lo visto no puedo ganar esta partida, o esta etapa de mi vida tiene que ser así, cubierta de cemento, para que todo lo que logre se vuelva difícil y complicado ¡Oye, qué sé valorar las cosas! ¡Aprendí hace mucho, no necesito trabas ni impedimentos que me enseñen nada! ¿O sí? Pues esa es la estampa. Un dios descojonado, un alma en pena cubierta de cemento y un largo año por delante...

Entonces, mi amigo, el del cáncer, se muere. ¡Catapum! Me explosiona el corazón y el alma se me va por el retrete...¡Puta vida de mierda! ¡Puto cáncer de mierda! Uy...pareces cabreada... ¿Parezco? ¡Estoy! ¡Y muy mucho! Porque si ya me parecía que la vida era injusta y tuve que aceptar a vivir con ello, ahora es que me parece una verdadera y asquerosa mierda.
Un amigo que primero fue amigo, luego pareja durante unos cuatro años y luego, una vez superado los sentimientos y más maduros los dos, volvemos a ser amigos. Ya os podéis imaginar lo importante que es esa persona para mí y la cantidad de momentos que hemos compartido... Pues al pobre le diagnostican cáncer en Agosto del 2025, y hasta hace unos días, que el pobre no venció. 
35 años recién cumplidos... una verdadera lástima. Impotencia, desgarro emocional y un odio compulsivo a todo lo que me rodea. Esa soy. Un despojo humano lleno de cemento. Todos pasan, me miran, palmadita en la espalda y siguen tan campantes, sin cemento, o a lo mejor ese dios les ha echado otra cosa peor... a saber. Era un chico sano, fuerte y con unas ganas de vivir que contagiaba a cualquiera que pasase por su lado, comienza a encontrarse un día mal, será un resfriado, piensa, al día siguiente tiene fiebre, habré cogido la gripe, se auto diagnostica, al siguiente día no puede respirar, esto ya no es normal, va al médico, se echan las manos a la cabeza ¡Cómo es posible que soporte tanto dolor! Todos los de bata blanca lo alaban y alucinan ¡Nadie en el mismo nivel puede soportar el dolor! Pero él se encuentra bien. Una vez que le han vaciado los pulmones del líquido pleural, él se siente divinamente, deseando que le den el alta y seguir con su vida normal, porque a pesar de haber estado malo, con fiebre y dos litros de este líquido en los pulmones, mi amigo, fuerte hasta el límite, seguía trabajando. Que cuándo le van a dar el alta, pregunta el pobre sin ser consciente de todo lo que se le venía encima, y le dice el médico que le tienen que hacer más pruebas para estar tranquilos, pero que no pasa nada, en un par de días para casa ¿Pruebas? ¿Pruebas de qué? Si yo me encuentro perfectamente. Pruebas para descartar tumores y demás, nada, nada, algo rutinario, nada de lo que preocuparse. Acepta las pruebas. Mientras, porque era un chaval muy nervioso y activo, lo mantienen drogado para que pueda relajarse y dormir. Los de la bata blanca se toman su tiempo para sacar los resultados, claro, su vida no está en juego, para qué correr, este chaval esta sano y se encuentra bien, pongamos atención y rapidez en otros pacientes que lo necesiten más...
Resultado: Hemos encontrado una pequeña manchita en uno de los pulmones...pero tranquilo, puede ser cualquier cosa, no tiene porque ser malo. Vamos a seguir haciendo más pruebas.
Mi amigo se siente bien, no le da ninguna importancia, bah, será cualquier tontería, piensa, él se encuentra divinamente y con unas ganas tremendas de salir de esa habitación.
Pasan los días, los de blanco, mira que tenemos que hacerte más pruebas porque en la primera no vemos bien de qué se trata y debemos asegurarnos. Mi amigo, a regañadientes, acepta. Su paciencia es cortita por no decir que no tiene, pero no le queda otro remedio que esperar.
Resultado: Todo esta en orden, no parece que sea nada malo, te mandamos una medicación y cuando pase un tiempo volvemos a repetir las pruebas para asegurarnos que la manchita ha desaparecido. 
Sigue con su vida normal pero le han dado de baja en el trabajo, por lo visto no debería exponerse a ciertas actividades, al menos de momento, le dicen. Él comienza a rayarse ¿Y quién no? Pero se mantiene a la espera, no conjetura nada, ni para bueno ni para malo, solo se mantiene a la espera. Sigue encontrándose bien, pero algunos días se siente más cansado de lo habitual. Le han cambiado la dieta y prohibido beber alcohol y fumar. Él no se lo toma bien ¡Ni una puta birra me puedo beber! Se queja, normal, entró en el hospital con un estilo de vida y al salir ¡Pumba! Todo cambiado. Se agobia. 
Vuelve a los de la bata blanca, a otros, que se echan las manos a la cabeza porque resulta que la manchita no es solo una manchita, es algo grave que hay que tratar. Pero mi amigo se encuentra perfectamente, no deja de repetir, y ya le han dicho que no hay porqué preocuparse... En las pruebas no se ve con claridad, hay que hacerte otras. Pero vamos a ver, tengo que preocuparme o no. Lo mantienen en vilo...no sé...¿Semanas? Los de la bata blanca tranquilos...mi amigo con la cabeza que le va a explotar, comienza a sentir miedo, no le dicen nada claro, no tiene dónde aferrarse y todas las respuestas son dudosas y turbias. Siguen las pruebas.
Resultados: La mancha es más grande y no solo está en el pulmón, creen que hay más, hay que hacerle más pruebas...
Así durante meses. Él ya no sabe qué pensar, duda de su salud constantemente y comienza a observar el mundo con otros ojos. Se plantea el tiempo, la vida...nunca nombra la palabra pero ya la tiene en su mente. No puede ser. Está exagerando. Es fuerte, joven y sano. No puede ser.
Resultado: Cáncer.
Su estado anímico empeora por días, ha bajado bastante de peso y un dolor insoportable lo acompaña. Si yo estaba bien...piensa el pobre. Le ofrecen diferentes tratamientos para evitar la quimio, le siguen dando esperanzas porque lo han cogido a tiempo y con los avances de ahora no debería de haber problemas... puede hasta que lo operen y le extirpen esa putita mancha. Comienza el tratamiento. Al cabo de las semanas, se lo cambian, no está progresando como esperábamos, le dicen. Le vuelven a cambiar el tratamiento, más pruebas...la manchita ya no es manchita, ni es una sola, tiene metástasis... Descartan la operación y le introducen la quimio.
Mi amigo ya no es mi amigo. Ese ser de luz y bienestar ha sido engullido por una sombra hecha a base de sufrimiento y desesperación. No entiende nada, no puede pensar, su estado empeora por días y siente que la vida se le escapa, pero no se rinde. Las esperanzas cada vez están más lejos, se teme lo peor y el miedo se apodera de él. Su vida se convierte en una lucha constante, contra los pensamientos negativos, contra el malestar físico, contra el sufrimiento de sus seres queridos, contra el mundo...el planteamiento cambia de rol, el rol cambia de planteamiento, todo es un torbellino sin sentido que gira a su alrededor y le hace burlas que lo sacan de su sensatez. Los errores del pasado lo acechan, necesita otra oportunidad, no puede dejarse vencer, él no, pero nunca hubo batalla, más bien la sentencia estaba escrita mucho antes de que él conociese la penitencia, y todos deambulan con una sonrisa forzada pero cabizbajos porque sienten la pesadez del destino en sus nucas. Un secreto a voces. Todos conocen y sienten la verdad, nadie la pronuncia por miedo a que se cumpla la profecía, sin saber que la profecía llega a su fin para degollarnos a todos. 
Tiempos oscuros, me dice él, estoy pasando por tiempos oscuros... y mi oscuridad alumbra a la suya, y dejamos de ver para comenzar a sentir, a sentir miedo, es lo único que se nos permite sentir. Miedo. Incertidumbre. Malestar.
Un único pensamiento, todo el día, un único pensamiento rondando por la cabeza, rebotando en cada pared del cerebro, sorteando a cada neurona ¡No me cogeréis! grita el pensamiento. Rezo sin creer en dios, pero rezo. Le pido a cualquier ser divino, hago promesas, y hasta un sacrificio si fuese necesario ¡Lo que sea! Pero que mi amigo supere esto por favor, que no pueda con él. Comienza mi negación, no, no, no y no. No puede ser. Él va a salir. 
Pero no sale.

Mientras vivimos toda esa agonía, el único método que tengo para comunicarme con él es a través de una pantalla, mediante el chat de una red social. Lo explico.
Cuando terminamos la relación, cada uno cogió un camino diferente, él rehízo su vida, yo rehíce mi vida, y pasaron los años sin que ninguno de los dos se pusiese en contacto con el otro, debíamos curar las heridas. Nunca dudé en que volveríamos a retomar la amistad, aunque fuese de un modo distante, pero sabía, que dejando el tiempo pasar, llegaría el día en que si nos encontrásemos por la calle, podríamos saludarnos como dos personas normales, sin rencores, sin echar nada en cara, sin odio. Ambos aceptamos, con madurez, que nuestra historia de amor no funcionó, ni la culpa es de uno ni de otro, los dos somos culpables, simplemente no funcionó, y en lugar de seguir avanzando con ese resquemor que se le queda a una después de una ruptura, nos dimos cuenta que habíamos vivido tantos buenos momentos y nos habíamos amado tanto, que no merecía la pena tener orgullo para mascar una venganza u odio hacia el otro ¡La vida son dos días! Nos decíamos. Total, que hablamos como dos adultos, exponiendo cada uno sus sentimientos, cómo se sintió en el momento y tratando de comprender al otro, ya os digo que sin ningún tipo de rencor, todo muy maduro y coherente, lo que se dice una conversación entre adultos. Decidimos no perder el contacto y hablar de vez en cuando, y por su puesto, si nos encontrásemos en persona poder saludarnos con tranquilidad y cariño.
Nuestras vidas siguen, él tiene una nueva pareja, yo también. Hablamos y nos ponemos al día ¡Qué alegría! Le va genial, ha conseguido el trabajo de sus sueños y con su pareja esta viviendo una bonita historia de amor ¡Se lo merece! Cada vez que veo sus fotos me nace una sonrisa en la cara ¡Se merece ser feliz! 
Hablamos siempre mediante una pantalla, ninguno se atreve a planear una quedada física por no importunar a nuestras parejas, no todo el mundo acepta una relación de amistad con un ex, es comprensible, y ambos, por evitar discusiones o malos entendidos, seguimos hablando a través de las pantallas, da igual, al menos seguimos hablando.
Pasa un largo tiempo, las conversaciones se frenan, él está liado con sus cosas, yo con las mías, y otros acontecimientos nos tienen más concentrados. Y un día, en una red social, sube una historia, una foto con un ramo de flores y un rótulo: Tranquilos todo va a salir bien. Digo uy...¿Qué ha pasado? Le pregunto directamente y me cuenta lo que os he relatado antes, que está ingresado y tal... Me asusto un poco pero sus palabras de seguridad hacen que me relaje y no le de más importancia. Sin embargo, no dejo de pensar en él, si estará bien, si los resultados han ido bien... comienzo a hablarle todos los días. Él me informa de todo cuanto le dicen y hacen, cada día es una nueva sorpresa, una inquietante noticia, él se desahoga, yo empatizo. Las conversaciones se hacen más profundas, se sincera conmigo, siente miedo, yo también pero no se lo digo. Seguimos a través de la pantalla. Intento convencerlo para que me deje ir a verlo al hospital, me dice que no le parece buena idea pero que no me preocupe, que nada más le den el alta nos veremos en persona. No insisto, lo respeto, sé porque me ha dicho que no, es por vergüenza, no quiere que lo vea en ese estado.
Le dan el alta. Seguimos hablando por la red social, me cuenta que esta amargado, que su vida ha cambiado completamente y que no sabe qué le deparará el futuro, que ni si quiera sabe si tiene un futuro. La cosa pinta mal, me dice.
Lloro, lloro mucho, no hay día que no llore por él. Suplico ¡Qué salga de esta! Pero nadie me escucha. Insisto en que nos veamos, necesito darte un abrazo, le digo, pero él vuelve a rechazar la proposición con excusas que piensa que me creo, yo, que lo conozco muy bien, me hago la tonta y lo respeto, no puedo obligarlo, tiene otras cosas más importantes en las que pensar, no quiero incomodarlo. Acepto seguir tras la pantalla, al menos seguimos hablando.
No contesta. Un día, dos, tres... contesta. Esto es un infierno, me dice. Lloro, suplico y empiezo a rezar ¡Qué lo supere por favor! 
Las conversaciones se reducen, ya no hablamos todos los días, ahora mantenemos un diálogo corto y en pequeños trazos de tiempo, cuatro días es el máximo en el que contesta a mis mensajes. A veces me lee y no contesta. Otras tarda días... Intento no darle importancia, no preocuparme más de lo necesario, todo va a ir bien, es él ¿Cómo no va a salir de esta? Me digo para autocompadecerme, para quitarme los miedos.
No contesta. Una semana...y no contesta. Me temo lo peor. Intento mantener la calma ¿A quién puedo preguntar que me de información? No tengo el número de su pareja, ni de su madre, tampoco sé si los amigos que tenemos en común están al día de lo que está viviendo y no quisiera meter la pata. Me contengo. Espera, me digo, está pasando por momentos muy duros, quizá ni si quiera tenga fuerzas para coger el teléfono. Al fin contesta. Me dice que en pocos días lo ingresan otra vez, que le han suspendido la quimio. Lloro, lloro y suplico mucho, me invade una agonía que no se cómo gestionar, el estrés se apodera de mi ojo con un extraño tic molesto, que aún conservo por cierto, y la ansiedad, mi vieja amiga, vuelve a sentarse en mi pecho en la soledad de la noche.

Ahora soy yo la que no le habla, no puedo, tengo miedo de que mi mensaje jamás sea leído, tengo miedo de no recibir ninguna contestación... ¡Miedo otra vez! ¿Qué hago? Vuelvo a pensar a quién preguntarle, necesito saber cómo está. Me abstengo, no molestes, me digo.
Le hablo, le pido disculpas por haber estado en silencio durante unos días y le explico la razón. No contesta. Me pongo en lo peor. Ahora sí que sí, seguro que ya no contesta ¡Joder qué hago!
Dos mensajes atropelladamente escritos, no te preocupes (refiriéndose a mi excusa) estoy pasando momentos muy oscuros, me dice. Le contesto, le digo que si me preocupo, que no lo puedo evitar, le pregunto en qué hospital esta ingresado y se le están haciendo más pruebas (ya sé que no, pero tampoco sé qué decirle a estas alturas) y le mando toda mi fuerza y un fortísimo abrazo.
No contesta. Una semana...dos... no contesta.
Intento mantenerme distraída, continuamente haciendo cosas para que la mente no piense, evito llorar, no quiero, llorar es dar por hecho lo que no quiero. No. Vuelve la negación a los hechos, a la realidad.
Casi se van a cumplir tres semanas desde que le envié el último mensaje, mis esperanzas se desvanecen y
una pena enorme se apodera de mí. Me temo lo peor. 
Me levanto tarde ese día, y pongo el internet, mientras voy a preparar el café escucho el sonido del chat de la red social ¡Es él! ¡Tiene que ser él!
Efectivamente, un mensaje de su cuenta, pero no es él. Es su pareja informándome que mi amigo nos ha dejado. Desolación. Dolor. Sufrimiento. Tiro el móvil y me derrumbo en el suelo... Adiós amigo, descansa en paz, digo entre sollozos mirando al techo de mi casa.

Y ahora que ya os he puesto a la orden del día, comienzo con las reflexiones, esos pensamientos que os comenté al principio de la entrada, esos mismos que quiero compartir con vosotros.

La primera pregunta que me hago es cómo voy a superar esta mierda si ni si quiera he tenido la oportunidad de mantener un último encuentro físico. Es decir, durante seis meses hemos estado hablando mediante una pantalla, la única información que me llegaba era por su parte, solo por escrito, nunca nos mandamos mensajes de voz o video, solo palabras escritas. Mi mente asocia que tras esa pantalla, él esta al otro lado, que sigue estando ahí, que de un momento a otro volverá a sonar el sonido del mensaje de la red social. Siento como que la conversación no ha concluido, que de un momento a otro tendrá que decirme algo más... mi mente es incapaz de aceptar la muerte, tan real, a través de una pantalla, tan virtual. Son dos mundos tan diferentes, uno es real, el otro completamente ficticio, sin embargo, he utilizado el ficticio para algo real, pues esas conversaciones contienen un alto nivel de emociones y sinceridades que no se pueden fingir. Cada vez que abro la red social, inconscientemente, me dirijo al chat y abro la conversación, intento leer pero es ver lo último que me puso y salgo rápidamente. No sé cómo explicar la sensación. Me pongo nerviosa, dudo, y me digo que quizá contestará ¿Y si contesta? Sigo preguntándome. Es solo una pantalla, lo que hay detrás de cada una es otro mundo ¿Real? 
Siento que no he cerrado la puerta, que no puedo pasar página, que algo se ha quedado a medias y si no zanjo, no puedo seguir avanzando. Hasta qué punto hacemos real lo irreal. Hasta qué punto el mundo virtual se convierte en el físico, en el tangible ¿Se puede vivir una muerte a través de una pantalla? El mismo dolor que siento me inculca estupideces en la cabeza, como que puedo hacer que siga vivo al menos en esa conversación, puedo hacer como si nada hubiese pasado, no es real, él sigue aquí, al otro lado de la pantalla nunca estuvo él, era otro, otro que se hizo pasar por él. Él sigue vivo.
El principal problema de que me ocurra algo así, es porque lo conocía tan bien, que cada vez que leía sus palabras, podía visualizar perfectamente los rasgos de su cara, la entonación de su voz, incluso, la intención de su mirada. No era necesario tenerlo delante, él escribía y mi mente, recopilando recuerdos, lo escenificaba en mi cabeza de forma tan real que lo hacía palpable. Y ahora, que se ha ido, sigo haciendo lo mismo ¡Cómo! Él ya no está, solo queda su recuerdo en mis memorias ¡Cómo acepto la realidad! 
Es todo un bulo, una ficción, cualquier día me lo encuentro por la calle, pienso ¡Seré gilipollas! ¡Tía que no! Es mi propia mente la que me juega malas pasadas, la que me hace creer en algo que no es, porque en el fondo no quiero aceptar la realidad.
Está confirmado, es real. Sin embargo siempre aparece ese estúpido pensamiento, basándome en la conversación, de que puede que... ¡Basta! Me exijo. Pero solo son palabras.
¿Será una nueva forma de pasar el duelo? ¿Serán así las despedidas con las nuevas tecnologías? Antes, cuando moría un ser querido, si no habías podido acudir en sus últimos días a visitarlo, o la muerte era inmediata por culpa de un accidente, bastaba con ir al entierro y verificarlo, tu mente asociaba la pantomima con la verdad. Pero esto... esto es completamente nuevo y desconocido para mí, no tengo ni puta idea de cómo voy a gestionarlo, de cómo tengo que aceptarlo, y sobre todo, de cómo puedo controlar la infinidad de pensamientos extraños que no cesan.
Pensé en borrar la conversación, pero no quiero, es lo último que me queda de él. Me aferro a esa conversación ¿Estoy aceptando la locura de la que intento escapar? 
Sé que algunos no entenderán lo que quiero decir, ni yo misma lo entiendo a veces, es que es complicado de explicar. Intento ordenar los pensamientos para poder exponerlos y que sean entendibles, pero me faltan palabras adecuadas, expresiones cercanas, lucidez. Tengo tanto dolor... 

Otro de los planteamientos que me hago es qué hubiese pasado si no existiesen las redes sociales ¿Me habría enterado de lo que estaba pasando mi amigo? ¿Habría tenido la oportunidad de hablar con él en sus últimos días? En cierto modo, debo agradecer la existencia de la tecnología, gracias a ella he podido intercambiar los últimos momentos que la vida me tenía reservado con él, pero... no deja de ser frío y lejano, cuando yo, soy todo lo contrario. Siempre me he adaptado a cualquier tipo de circunstancia, y por lo visto, también lo hago con el mundo virtual que nos tiene a todos hipnotizados y absortos, pero esto... me confunde, me hace pensar en qué clase de humanidad nos estamos convirtiendo, a dónde seremos capaces de llegar ¡Me aterra! 

Y entro en las dudas existenciales...
¿Qué valor tenemos las personas? ¿Hasta que punto se nos recuerda? A ver como pongo esto... Lo que quiero decir es que cuando te mueres, te lloran y te echan de menos, se supone, pero la vida sigue, unos te olvidan a los pocos días, otros ni si quiera le dan importancia, y los demás, los mas allegados, te recuerdan constantemente y te mantienen en sus corazones. Pero... ¿Ya está? Todo lo que has realizado en la vida, todos tus logros, todos tus errores, todos tus pensamientos... ¿Dónde quedan? Me refiero a lo tuyo propio, a lo que solo te pertenece a ti ¿Qué pasa con eso? Los demás te recordarán por lo que vivieron contigo, pero ¿Quién recordará tus recuerdos? ¿Quién guardará tus pensamientos e ideas para disfrutarlas? ¿Qué pasa con esos momentos que tan solo tú encierras en tu mente? ¿Desaparecen para siempre? ¿Dejan de existir sin más? Entonces ¿Qué sentido tiene tenerlos en vida? ¿Qué sentido tiene guardar secretos? ¿Mentir? ¿Decir la verdad? Te mueres y... al carajo todo ¿Para qué entonces el esfuerzo? ¿La disciplina? ¿La constancia? Te mueres... y ya ¿Y ya? No puede ser. Debe de haber algo... una recompensa por todos los sacrificios, alguna meta, no sé... ¿Todo pierde su valor? Para qué voy a darle importancia a algo si cuando me muera a nadie le importará, sí, me llorarán... ¡Qué pena! ¡Con lo buena que era! Pero sigue haciendo la compra, sigue tendiendo la lavadora o sigue empinando la copa... ¡Jamás te olvidaré! ¿Y eso de que me sirve? ¿De qué me sirve que no me olvides si todo lo que hice dejó de existir conmigo? 
Pienso en mi amigo. Lo recordaré siempre, pero lo recordaré junto a los momentos que viví con él, sin embargo, en su intimidad, en sus pensamientos, en su soledad ¿Quién mantiene eso? ¿A dónde ha ido? ¿Dónde se metieron sus sueños, sus inspiraciones, sus metas? ¿Quién las cumplirá? Y si las hubiese cumplido... ¿Qué pensaría él antes de marcharse? ¿Para qué disfrutar del presente si se desvanecerá como si nunca hubiese existido cuando se va?
Observo el resto del mundo. Siguen tranquilos, nada ha ocurrido, nada ocurre, solo sus vidas, sus preocupaciones, sus ombligos, pero mientras tanto... personas mueren en guerras, por hambre, por asesinato, pero da igual, es la vida, te dicen ¿La vida? No... eso no es la vida, eso es la muerte. La vida es otra cosa, tiene que ser otra cosa. No lo estamos haciendo bien, algo nos hemos saltado o no queremos ver. ¿Cómo va a ser esto la vida? ¿Qué sentido tiene entonces? Muere gente, gente que será olvidada, como si nunca hubiese existido, y todos piensan... mientras sea otro y no yo... No habrás sido tú ahora pero ya te llegará el momento como a todos ¡Ah! Espera que esto ya acojona si se piensa que le puede pasar a uno mismo. Entonces sí te preocupa ¡Hombre es que soy yo! Ya... y aquel es aquel, y el otro es el otro ¿Es que la vida de las personas no tienen el mismo valor? ¿Hay personas que valen más que otras? ¿Hay personas que sí serán recordadas eternamente por encima de otras? ¿Sin diferenciar las buenas de las malas? ¿Los importantes? ¿Y qué ocurre con el resto? 
No me cuadra... no lo entiendo...

¿Pensáis ahora que sí me he vuelto loca? No. No es locura. Es dolor. Porque mi amigo, joven, sano y fuerte, en 6 meses, se ha ido. No es locura. Es sufrimiento. Porque no acepto lo que no puedo controlar. No es locura. Es miedo. Porque igual que le ha ocurrido a él también me puede ocurrir a mí.
Ojalá me vuelva loca... al menos viviría feliz...






10.1.26

Noche de Reyes


Pertenezco a una generación en la que "Papa Noel" se mantenía en un segundo plano. Conocíamos de su existencia e incluso nos parecía divertido, pero nosotros, a quienes realmente escribíamos la carta con nuestros deseos más preciados era a "Los Reyes Magos". Cuando eres niño la navidad es la fiesta que más te gusta, te reúnes con toda la familia, dulces y golosinas a tutiplén, cabalgatas, música constante, felicidad, alegría y...regalos. Regalos por todas partes. Paquetitos de colores vistosos y llamativos colocados bajo un árbol o portal de belén esperando a ser desbaratados y descubiertos para provocar expectación, emoción y diversión. Cuanta más edad tienes, esta sensación de intriga y nervios disminuye sin darnos cuenta, y la noche de reyes se convierte en lineal y casi obligatoria. Descubres que no era una noche mágica sin la participación, dedicación y empeño de tus familiares, que no todo es tan bonito y maravilloso, y de que si no hay dinero...los reyes ni asoman el hocico del camello. Sin embargo, aunque tú ya eres mayor, pero tienes la suerte de tener hijos, sobrinos, o niños pequeños en tu entorno, esa magia nunca se pierde del todo, con la diferencia de que esa misma ilusión que ha dominado tus impulsos durante tantos años, en lugar de vivirla en primera persona, comienzas a vivirla a través de los ojos y emociones de los más peques de la casa.
Afortunadamente he tenido el privilegio de vivir en una familia que ha sabido inculcar a la perfección una noche tan mágica y especial. Durante mi niñez no ha faltado ni una sola noche de reyes y me siento muy agradecida por ello. No obstante, cuando la vida te incorpora al estado de madurez, los años no perdonan y las circunstancias van cambiando debido a las obligaciones, esta maravillosa noche pasó casi a ser invisible en mi vida, voy a escribir casi por no poner imposible pero debido al trabajo, o al menos al que me dedicaba antes, me vi en la obligación de no poder disfrutar, durante 20 años, de ésa noche tal y como lo hacía cuando era pequeña, y por lo tanto, la ilusión fue disminuyendo hasta el punto de coger manía a dicho día simplemente por tener que trabajar y privarme de esos momentos especiales rodeada de las personas que más quiero.
¡Eh! ¡Pero la vida da muchas vueltas! Y el destino quiso brindarme la oportunidad de volver a revivir la Noche de Reyes como si volviese al pasado, no con la misma edad...eso ya hubiese sido la hostia jeje pero sí con mi familia de siempre +1. Y tengo que confesar que fue una de las mejores noches que he pasado en mi vida. 
Normalmente no me gusta compartir momentos tan íntimos con desconocidos, pero fue una noche tan bonita, repleta de tantos valores y emociones que hacía tanto que no recordaba, que la misma ilusión que recorrió mis venas esa noche la he querido compartir con vosotros. A pesar de los inconvenientes, mi familia siempre ha encontrado la manera de poder intercambiarnos los reyes, ya sea trasladándolo de día, cambiando el lugar, o lo que fuese necesario, pero los reyes los dábamos sí o sí, a nuestro modo y con nuestras reglas...jeje. De niña la casa de mis padres siempre fue el lugar elegido, pero con los años, las emancipaciones y demás, teníamos a los reyes magos mareados con las direcciones, viéndose obligados a utilizar, cada año con más precisión, el Google maps para encontrarnos...
En esta ocasión se nos presentó la oportunidad de volver a elegir como casa principal el domicilio de mis padres. ¿No os pasa que siempre que os encontráis perdidos o fuera de lugar la casa de vuestros padres os resulta el refugio más seguro? Nunca me había parado a pensar en ello detenidamente. 
A ver, tengo mi casa, mis costumbres y mi vida, como cualquier adulto, pero la casa de papá y mamá siempre esta ahí. El refugio perfecto. El espacio más seguro del planeta. Es como cuando jugabas al pilla pilla y te subías en un banco y gritabas ¡Casa! y ahí no podían atraparte por nada del mundo. Pues así lo imagino en mi cabecita cada vez que entro por la puerta de casa de mi madre ¡Casa! Ea … segura de todos los peligros que me acechan.
Total, día de reyes adjudicado en casa de los abuelos. Porque claro, al igual que yo cumplo años...mis padres también, y han subido de rango, ya no son papá y mamá, ahora son los abuelos.
Llegamos reventados de ver la cabalga, corre por aquí, ahora para la otra calle ¿Nos quedan bolsas? ¿Los vemos una vez más? ¿A qué hora se recogen? ¿Cenamos luego?... el peque de la casa frito, gestionando la energía para el día siguiente, deseoso de ver si su buen comportamiento ha servido para que los reyes le traigan los regalitos que tanto desea, ajeno a la realidad, al trabajo que los demás componentes de la familia nos queda por hacer. 
Sin hacer apenas ruido, vamos colocando los regalos, caramelos, golosinas, globos y toda la parafernalia tal y como mis padres nos han inculcado. Aquí comienza la nueva emoción que descubrí y he querido compartir con vosotros. El hecho, aunque sea simple, de estar colocando los regalos cuidadosamente, aguantando las carcajadas, visualizando que los colores de los paquetes estén bien repartidos, que llamen lo máximo posible la atención del protagonista, controlando el cansancio del día, deseando coger la cama de una vez, y todo lo que conlleva ese momento, me da por pensar en la cantidad de veces que mis padres han realizado esos mismos movimientos, la de veces que se habrán reído y disfrutado montando y desmontando, pendientes de que no despertásemos. La verdad que formamos un buen equipo, una para dirigir, la otra para organizar y colocar, y yo, nerviosa como si volviese a tener 4 años, mordiéndome las uñas sin parar y seleccionando cada regalo que me iban pidiendo. El peque hasta roncaba sin inmutarse de nada, y nosotras, las susodichas "Reyes Magos" con un único pensamiento: Crear felicidad.
Una vez que estaba to el tinglao montado, decidimos, al fin, irnos a descansar. ¡Ay que extraña me sentí! Cuando después de casi 23 años...volví a introducirme en mi camita, en mi habitación, con mi hermana en la cama de al lado y mis padres en la habitación contigua ¡El tiempo se había detenido! ¡Habíamos viajado al pasado! Una sensación tan chocante como placentera, tanto, que me cuesta un poco poder describir lo que sentí con palabras, que raro en mí... ¿Qué yo no pueda describir una emoción? ¡Eso como va a ser posible! Si las palabras son mi mejor aliado y describir emociones mi mayor virtud. Pues parece ser que en esta ocasión vais a tener que indagar un poquito más en la empatía para poder comprender lo que quiero compartir. 
Una vez metidita en la cama, de 90 por supuesto, imaginad a una tía de casi 40 tacos, acostumbrada a dormir en cama de matrimonio, rodeada de fotos y cositas pertenecientes a mi infancia, porque eso es otra, mis padres han intentado mantener nuestra habitación tal cual la dejamos, y aquello... revivir ese estado...¡De verdad que es inexplicable! 
Algunos pensaréis, ay chica, pues tampoco es para tanto, una noche en casa de los papás, pues como una visita cualquiera solo que pernoctando, que exagerada, o que dramática ¿No? Bueno...quizá para mí tenga una importancia que otras personas no pueden ver, o bien porque no tuvieron una infancia parecida a la mía, o bien porque no valoran los momentos con tanta intensidad, o simplemente porque la gente es así de gilipollas...y en lugar de empatizar para poder sentir esa felicidad que intento compartir con vosotros, se dedican a destruirlo todo. Bueno da igual, escribir lo voy a escribir igual jeje.
Me coloco bocarriba y dejo que mis ojos se habitúen a la oscuridad, y de repente, no tengo 40 años, ni mi hermana duerme con su hijo en la cama de al lado, si no que ambas volvemos a ser unas niñas ilusionadas por la noche de reyes. El hogar de toda la vida vuelve a estar al completo con todos sus miembros ¡Maravilloso! ¡Único! ¡Un momento inolvidable! 
Miro las cortinas ¡Cuántas veces no me habré quedado dormida mirándolas! ¡Cuántos recuerdos! Miro los muebles ¡Cuántas horas estudiando en ese escritorio! ¡Cuántas horas de juegos con mi hermana! Miro la puerta cerrada ¡Cuántas veces llamó mi madre para sacarnos del juego! ¡Cuántas veces entró sin llamar porque estábamos en su casa! jajajaja y los recuerdos se disparan, uno tras otro, y los nervios se acumulan en el estómago, y rememoras cada instante vivido en esa misma habitación, las peleas, las risas, los muñecos, las historias inventadas, los sueños por cumplir, los castigos, los secretos de dos niñas que aún no sabían lo que les depararía el futuro...un conjunto tan completo y extenso que acabó por quitarme el sueño.
Y la mente, que se ha venido arriba con tantos recuerdos, empieza a desarrollar una serie de pensamientos que se escapan de la razón, y empiezas a imaginar qué pasaría, si fuese posible, darte la vuelta en la cama y volver a verte con 4 años ¡Cuántas cosas no te dirías! ¡Cuántos abrazos no te darías! Y entonces, sin querer, comienzas a dar las gracias, por todas esas noches de reyes que tus padres hicieron que fueras feliz, por todos esos regalos que pedía sin valorar realmente el esfuerzo que hacían ellos para conseguirlos, por todo el cansancio que tuvieron que dejar de lado, por todo el trabajo que les proporcionó que a sus hijas no les faltase la ilusión...¡Gratitud inmensa! Gratitud y nostalgia, porque en el fondo sabes que hace mucho que dejaste de ser pequeña, que quizá esa noche, que estas viviendo, sin esperar, de forma tan intensa, no se vuelva a repetir, y sabes que, con más ahínco, debes valorarlo, apreciarlo, porque el tiempo sigue pasando, porque los momentos no vuelven, porque hoy estás aquí pero...¿Y mañana? Incertidumbre. Entonces agarro con más fuerza las mantas, hundo mi cara contra la almohada, inspiro ese aroma tan peculiar que todos tenemos en nuestras casas y que no somos capaces de diferenciarlo hasta que no nos emancipamos y cambiamos de olor, y al regresar es cuando reconoces ese olor, huele a casa de tus padres. Inspiro con todas mis ganas, para marcar el recuerdo, para grabarlo en lo más profundo de mi ser, para que quede tatuado en mi alma. Inspiro y cierro los ojos con fuerza, dando gracias continuamente y deseando que la vida me vuelva a regalar un momento como aquel. ¡Ojalá el tiempo se detenga! Pienso por último, sintiendo que el sueño se apodera de mi conciencia ¡Ojalá el instante se convierta en bucle! Como esas películas o series en los que los protagonistas no dejan de revivir el mismo día una y otra vez ¡No me importaría vivir en este maravilloso bucle de felicidad! 
El sueño y el cansancio...ganan la partida.
A la mañana siguiente, la personita más especial de mi vida, se pasa a mi cama y me despierta de la manera más dulce en la que se puede despertar una persona. Yo, que normalmente no tengo un buen despertar, olvido dónde estoy, pero al ver su carita de ilusión, de nervios, me enfrasco en su misma emoción, y con apenas dos horas de sueño en el cuerpo, me levanto como puedo y lo sigo hasta la sorpresa de que se ha portado genial y los Reyes Magos le han traído muchos regalos. 
Y otra vez el nudito en la garganta.
Los abuelos, a los que también ha despertado con esa dulzura que lo hace único y especial, sonríen a pesar del cansancio, y a todos se nos contagia su felicidad.
Tras admirar la cantidad de regalos y chucherías que le han traído los reyes ¡Comienza el zafarrancho! Se reparten los regalos, se abren con ilusión, reímos, nos miramos con ternura, yo sigo aguantando el nudito...no quiero que nadie lo note, no quiero que ninguno se de cuenta de lo verdaderamente importante que está siendo ese día para mí, pues muy a mi pesar, el tiempo de sentirnos especiales en ese día...ya pasó, ahora el protagonista es el peque, los reyes han venido en exclusiva para él, y en su preciosa carita inocente se aprecia en cada gesto la alegría que contiene en su interior.
Miro a cada miembro de la familia, todos los ojos van dirigidos al infante, y vuelvo a sentir gratitud infinita, vuelvo a sentir cada vello erizado por ese momento mágico, y en un pensamiento fugaz, imagino que en muchos años, será él quién lo viva, quizá, con sus hijos, y me aferro a que ese momento, el que estamos viviendo en ese preciso instante, perdure, perdure unas horas más ¡No me lo quites todavía tiempo! ¡Haz la vista gorda! ¡Sigue tu camino pero déjanos este momentito un poquito más! ¡Qué bien se esta en la felicidad!
Luego, una vez pasado los nervios y la locura de los regalos, desayunamos todos juntos ¡La de años que no desayunábamos en familia! Ese olor al café de mi madre, que no es que ella lo haga especial, pero...el olor a café en casa de mis padres huele diferente, igual que las tostadas. Esa luz entrando por la ventana, la tele de fondo, todos los papeles por el medio y mi madre sufriendo por recoger mientras mi hermana y yo le insistimos en que lo deje para más tarde. Las voces de los vecinos mientras también viven su día de reyes. ¡Qué ambiente más peculiar! ¡Qué sensación de placer! 
Para no salirnos de la tradición, a la hora del almuerzo ¡Pizza! Nada más y nada menos que en nuestra pizzería preferida ¡Sigue abierta después de tantos años! 
No hay nada mejor para reposar la comida que una buena película en familia ¡Hasta la película elegida fue única! Lástima que toda la familia sucumbió al cansancio y se quedaron dormidos, bueno, toda la familia no, el peque y yo (Que me convierto en una peque más si estoy con él) la vimos hasta el final jeje ¡Que maravilloso momento entre tía y sobrino! ¡Gratitud de nuevo! 
Después, para no molestar a los demás, nos fuimos a jugar a otra habitación, y las horas se convirtieron en segundos...cuando quisimos darnos cuenta habíamos llegado a la hora de cenar, tristemente llegaba el momento de separarnos cada uno a su hogar.
¿Qué me trajeron los reyes? Pues cositas que me encantaron, eso a nivel material, pero sabéis cuál fue mi mejor regalo...el mismo día de reyes.

23.11.25

Estrujemos al cerebro hasta hacerlo pensar



La memoria es un tema apasionante para entablar el principio de un debate o conversación, ya que aunque esté estudiada y tengamos algunos datos sobre ella, no dejan de ser datos generales, y no individuales, es decir, la memoria que cada uno posee en cuanto a prolongación, retenimiento o enfoque. Me gustaría hablar de la memoria en todas sus facetas, cuando nos referimos a los recuerdos, cuando debemos retener datos e información, la memoria a largo plazo, a corto plazo, la memoria en el subconsciente, la consciente, la memoria corporal... La memoria en sí me resulta tan fascinante que cualquiera de estos temas llaman mi atención, pero desgraciadamente, aquí, en este post, no voy a poder tocar todos y cada uno de ellos, porque conociéndome... y siendo consciente de que no puedo, ni me apetece, hablar de un tema escuetamente, ya sabéis que me enrollo más que una persiana, se alargaría demasiado, incluso, aunque resulte inverosímil, hasta para mí. Así que intentaré escoger los temas que más me interesen, y en todo caso, en otro post, abarcaré los restantes, si cabe lugar algún día...jeje.
Voy a comenzar por el que más llama mi atención, la memoria que guarda los recuerdos. 
Hay veces que recordamos situaciones que no deseamos, o por el contrario, momentos que no queremos olvidar, y es cierto que la mayoría de las veces no depende de lo que deseemos, la memoria actúa por cuenta propia, recordando lo que no queremos y olvidando lo que considerábamos importante. Que putada ¿No? A ver, si el cerebro está en nuestro cuerpo, pertenece a nosotros, que supuestamente controlamos, o pensamos que somos capaces de controlar ¿Por qué no podemos controlar también los recuerdos? Quizá se deba a la atención que pongamos justo cuando estamos viviendo ese momento que posteriormente se convertirá en recuerdo, pero siendo así ¿Por qué, en ocasiones, se quedan grabadas circunstancias desagradables que desearíamos olvidar con todas nuestras ganas? ¿Por qué cuando no queremos que se desvanezca el rostro de esa persona que ya no está en nuestras vidas, la imagen se distorsiona con el paso de los años hasta el punto de dudar sobre los rasgos que la caracterizaban, y que sin ayuda de una foto, somos incapaces de recordar? ¡Qué preguntitas más complicadas! ¡Y sin saber si existen respuestas coherentes! Me lo pregunto muy a menudo...
Por otro lado, cuando hemos tenido que retener información, ya sea por estudios, trabajo y demás, nos concentramos para que esos datos queden marcados durante una larga temporada, o por un momento, o quizá para toda la vida, en nuestra mente ¿Quién no recuerda alguna lección de pe a pa que tuvo que estudiar en el colegio? ¿O números de teléfono? ¿O, sin ir más lejos, claves y contraseñas? Ahí somos perfectamente conscientes de que estamos memorizando algo que no debemos olvidar, y de hecho, en la mayoría de los casos, jamás olvidamos. Sin embargo, en las vivencias que experimentamos en el día a día, no nos preocupamos de memorizar nada, simplemente las vivimos y ya, mientras que nuestro cerebro, de una forma inconsciente, recopila la información sin que nos demos cuenta, y a la hora de recordar, cuando pasan algunos años, o días o meses, aparecen ya como modo recuerdo sin hacer ningún esfuerzo, pero...quizá, esos recuerdos no sean tal y como sucedieron en realidad, ya que en el momento que se estaban efectuando, no estábamos prestando atención para retenerlos tal y como estaban sucediendo, como ya he dicho antes, hacemos cuando queremos memorizar un dato a consciencia. ¿Me explico?
Por ejemplo, los recuerdos de la niñez, pongamos a la edad de los 3 o 4 años, en los que todavía no somos conscientes de la vida en sí, aunque sepamos que estamos viviendo. Los recuerdos que se manifiestan con esa edad, la mayoría, suelen ser confusos y difuminados, o no, porque en mi caso, suelo recordar con mayor exactitud detalles y contextos de hace años...y no acordarme de lo que almorcé hoy...pero dejemos por el momento el tema de la memoria a largo y corto plazo.
Si por aquel entonces vivimos una experiencia con un abuelo, o alguien cercano a nosotros, que ya no está, al aparecer en modo recuerdo, podemos, sin querer, haber olvidado rasgos o detalles importantes que quizá hiciesen el recuerdo más real, tanto, hasta poder cerrar los ojos y volver al lugar, para volver a vivir esa experiencia a través de nuestra memoria ¿No os ha pasado? Y es entonces cuando dices "Es que puedo oler hasta su perfume" Es una regresión en toda regla, pero... ¿Real o irreal? El recuerdo está ahí, en nuestro cerebro, lo que no sabemos es si la misma mente lo ha conservado tal y como ocurrió, o le ha añadido esos detallitos mínimos para poder hacer que sean más reales. Entonces ¿Qué ocurrió realmente? ¿Hasta que punto el recuerdo es la escenificación de una vivencia del pasado? Porque cuando se dice que la memoria juega malas pasadas...se refiere a esto indudablemente ¿Y qué ocurre cuando dos personas comparten un mismo recuerdo? Si la otra persona aporta información que a ti te faltaba, es muy bueno, ya que puede ayudarte a recordar mejor, pero ¿Y si esa información está defectuosa porque la mente de esa persona trabaja de forma diferente a la tuya y te aporta detalles que no existieron? ¿Distorsionas tus recuerdos? ¿Eres consciente de ello? ¿Te paras a pensarlo o das por hecho que al recordarlo otra persona fue real? ¡Uff que lio!
Podemos decir que tanto la memoria como lo que abarca es algo puramente inestable, no puedes demostrar con exactitud lo que tú recuerdas asentando que fuese tal y como lo recuerdas, tampoco existen pruebas evidentes, solo lo que tu cerebro te proporciona, pero incluso tú, puedes equivocarte aunque lo veas claro en tu cabeza. Quizá estas eventualidades nos sucedan más a las personas de mi generación y anteriores, ya que hoy día con los móviles, las grabaciones y demás, recordar algo en grupo y certificar la verdad...no es tan complicado, ya que recurres a un video o similar, y sales de dudas sin problemas, sí ya...pensaréis algunos ¡Cómo si continuamente estuviésemos siendo grabados o grabemos nosotros mismos diariamente nuestras vidas! Bueno...no todo el mundo, por suerte, pero la mayoría...tienen sus vidas recopiladas en redes sociales...aceptémoslo, son otros tiempos.
¿Y qué ocurre cuando expresas un recuerdo con otra persona, y ésta, no lo recuerda? ¿No ocurrió entonces? ¿Se borra de la existencia? Pero...yo lo recuerdo, piensas ¿Cómo no puede acordarse fulanito? ¿Es que no fue igual de importante para menganito que para mí? ¿O es que yo le di una importancia inoportuna? ¡Esto si que es verdaderamente frustrante! Sobre todo si ese recuerdo lo guardas como algo importante, y al comunicarlo, descubres que solo fue importante para ti...ahí juegas diversos papeles. Por una parte, la incógnita de lo verdaderamente ocurrido, te planteas si la mayor parte del recuerdo es producto de tu imaginación y del trabajo que ha ido realizando tu memoria a lo largo del tiempo para darle forma; y por otra parte, intentas deducir hasta qué punto eres importante para esa persona y por qué no guarda el mismo recuerdo que tú ¡Vaya comedero de cabeza por algo que pertenece al pasado! ¿No? Bueno...pero es que el pasado, aunque haya pasado (guiño a la redundancia) forma parte y actúa en nuestro presente queramos o no, y si a la hora de compartir ese recuerdo con cierta persona, te das cuenta de que no le dio la misma valoración...¿Te planteas seguir viviendo experiencias con ese mismo individuo a sabiendas que en un futuro no lo recordará? o ¿Igualmente sigues viviendo experiencias comunes porque tú sí serás capaz de recordarlas y eso te satisface? Meditemos. ¿Tiene algún sentido? 
Personalmente...a mí...me suele dar pena...porque quizá esos recuerdos son mi esperanza de que cuando yo ya no esté, o la otra persona, de una forma o de otra, seguiré existiendo en su mente, o al contrario. Pero claro, es evidente que no puedes hacer nada, porque no puedes pretender controlar los recuerdos de otra persona, principalmente, porque no eres capaz ni de controlar los propios. Igualmente no puedes evitar hacerte la pregunta, y sin querer, entramos en un bucle extraño dónde no aparece respuesta por ningún lado, solo se crea una paranoia incontrolable que, a veces, hace que tu mente estalle de impotencia, sobre todo para las personas que les gusta mantenerlo todo atado y controlado, al menos en base a los recuerdos.
Salgamos de ese bucle...ya que hemos deducido que no nos llevará a ninguna parte...
Entonces...¿Qué sentido tiene todo esto? ¿Qué sentido tiene la vida? Vivimos día a día experiencias, rutinas, momentos...que más adelante serán recuerdos, más o menos reales, que podremos compartir a sabiendas de que coincidan o no, pero...¿Con qué fin? Si estás disfrutando de un momento, por ejemplo un viaje, y lo vives en el momento lo más intensamente que puedes ¿Lo haces para poder recordarlo? ¿O lo vives y ya? Pero si lo vives y ya, y luego lo olvidas...¿No es como si no hubiese existido? ¿Entonces para que lo vives? Por ende...puedes imaginarlo directamente, total...luego lo expones como un recuerdo y listo, nadie podrá decirte si eso ocurrió o no. Ya...pero no es lo mismo ¿No? ¿No es lo mismo? Un poco sí ¿No? Si antes hemos dicho que vivimos una circunstancia y luego, con el paso del tiempo, unos la recuerdan pero otros no, ¿No es lo mismo inventarnos esa circunstancia y a la hora de recordar dejar que nuestra imaginación haga su magia? ¿Quién puede viajar al pasado de forma presencial y real para verificar tal recuerdo? Y sin embargo, en nuestra mente, el recuerdo está, si ya...pero en la mente de los otros no porque nunca pasó ¡Eh! Pero es que antes también hemos dicho que tú recordabas una vivencia y menganito no, y sin embargo, sí sabemos que ocurrió de verdad ¿Cuál es la verdad? ¿Qué mas da, entonces, si vivimos algo o no? Si siempre podemos recurrir a nuestra mente y dejar que sea ella subconscientemente la que nos implante los recuerdos. Supongo que habréis escuchado, en más de una ocasión, eso de "Existe mi verdad, tu verdad, y la verdad"  Pues eso...
Analizando... podríamos preguntarnos ahora ¿Vinimos a este mundo para vivir en sociedad? ¿O podríamos, perfectamente, vivir individualmente sin tener que depender de nadie más? Si quiero un recuerdo contigo, me lo invento, total...si lo vivimos no lo vas a recordar...¿No sería algo así? jejeje...Espero que no os estéis rayando
Sé que el tema llama a la confusión, y que es tan, tan, tan real, que puede llegar a resultar surrealista jejeje ¡Me encanta el juego de palabras! 
Planteemos otra coyuntura. Dos personas se acaban de conocer, pasan juntos unas horas, y al cabo de una temporada extensa, se vuelven a encontrar ¿Guardan el mismo recuerdo del primer encuentro? No creo... lo más probable es que uno guarde un recuerdo más profundo que el otro, o que quizá no se recuerden ninguno de los dos. Aquí ¿Podríamos decidir si conservar ese recuerdo? Sería lo suyo, ya que fue una situación esporádica, sin importancia, que a ninguno de los dos les incumbe en su vida diaria ¿Y por que no podemos hacerlo? ¿Por qué no podemos excluirlo? Total si no fue importante para nadie, ni aporta nada a nuestra vida rutinaria...¿No está ocupando un espacio importante ese recuerdo inútil que podría estar ocupando otro recuerdo de más envergadura? Quizá mi mente lo recuerda por alguna razón que por el momento desconozco, piensas, pero...¿Y si no? ¿Por qué nuestra mente lo mantiene en la memoria si no sirve para nada? Y tampoco puedes decir, pues lo borro y listo, bueno, lo puedes decir, pero no hacer, al menos yo no puedo jeje es más, si digo o me exijo que voy a olvidar algo...con más ímpetu se graba en mi cerebro...
¡Joder! Pues no entiendo nada. Mi cerebro me pertenece, esta dentro de mi cuerpo, puedo ordenar mis pensamientos, mantener a la mente de forma racional, pero...¿No puedo decidir qué guardar en mi memoria? ¡Que injusticia! ¿Injusticia? ¿Es esa la palabra adecuada para definir lo que estamos disolviendo? Quizá no...pero...no deja de ser una locura, ya el simple planteamiento se convierte en una locura, y si no, estamos en el borde de rozarla, pero...¿Dónde se define con exactitud y detenimiento que un pensamiento o duda se decante más por la cordura que la locura? Ya que lo que estamos tratando es algo real y aparentemente racional ¿Dónde deberíamos de poner límites? o...¿Debemos limitarnos?
Uy, uy...creo que me falta el canto de un duro para llegar al nivel de Rapel...(ese sí que puede hacernos enloquecer a todos...) 
Volvamos a los recuerdos...no parece buena idea rozar ni si quiera el misticismo...al menos, no hoy.

Cuando nacemos, nuestro cerebro no está formado del todo, está operativo, pero nada de lo que ocurra durante los primeros meses de vida lo recordarás. Esto, en parte, también funciona de esa manera para evitar traumas ¿Qué ser humano podría soportar el recuerdo de nacer? Si la misma madre, que esta dando a luz, recurre a químicos para eliminar el dolor del parto, imaginaos cómo se tiene que sentir un bebé que está pasando de vivir en un útero a vivir en el mundo real. Lo pienso y me entra un agobio. Ese momento exacto en que dejas de estar vinculado a los órganos de tu madre para que tus propios órganos, comiencen a trabajar por si solos mientras te decantas entre la vida y la muerte e intentas salir por un agujero estrecho y dificultoso, para poder coger tu primera bocanada de aire ¿Sería agradable recordar ese momento tal cual? Quizá ese sea el motivo de que nuestro cerebro aun no esté desarrollado, como método de protección para nuestro organismo. Aunque...molaría poder recordar los últimos meses en el útero de mamá.
La memoria, como he mencionado al principio del post, es una tema que abarca infinidad de conversaciones, y la mayoría serían a nivel hipotético, ya que es complicado hablar de un tema con exactitud cuando aun existen muchos factores sin resolver sobre el funcionamiento del cerebro, y los datos que se conocen, tampoco pueden ser comprendidos por todos.
A mi es que me resulta un tema muy apasionante que me genera millones de preguntas, la mayoría sin respuestas, lo sé, pero no me importa, aunque tengo que reconocer que sí me frustran jejeje pero bueno, puedo vivir con ello. 
¿Y tú? ¿Qué opinas sobre la memoria y los recuerdos?

4.10.25

RELATO: A escondidas



Las noches comienzan a ser fresquitas, y aunque el día ha estado estupendo para ir a la playa, ahora, justo cuando el sol me había dado las buenas noches, agradezco haber cogido una sudadera, aunque en realidad sé perfectamente que mi cuerpo no tiembla por el frío, si no por las ganas de verte.
Sentada en uno de los dos bancos que comprenden la superficie donde te espero, me resulta extraño pensar en la cantidad de años que han transcurrido desde la última vez que quedamos aquí, tú no habías cumplido ni los 20, y yo, me consideraba mujer madura sin haber llegado a los 30 ¿Tanto tiempo ha pasado? El estar de nuevo aquí, en el silencio de la noche, con las copas de los árboles como alfombras, que siguiéndolas hasta su fin, me llevan al mar en calma que tantas veces fue testigo de nuestros encuentros. Todo parece seguir igual, excepto alguna pintadilla de los más rebeldes de la actualidad, porque en nuestros años, los rebeldes fuimos nosotros, todo sigue siendo igual. La paz que envuelve el ambiente, los aromas a pino y mar, el cielo estrellado, y esa sensación de estar flotando en una especie de paraíso improvisado, nuestro pedacito de paraíso, como solíamos llamarlo cuando no queríamos que otras personas conociesen nuestro lugar de encuentro. Es extraño que con tantas veces que nos vimos en este lugar, nunca fuimos interrumpidos, cuando el bunquer era conocido por todo el pueblo. Quizá lo hicimos nuestro de verdad y jamás lo supimos. Lo llamábamos por su nombre real solo cuando estábamos solos, nuestro bunquer, me susurrabas después de cada beso, mientras me apartabas el flequillo de los ojos ¿Cuántas horas no habremos dedicado a mirar el mar desde aquí? Lo contemplábamos en silencio, casi siempre bajo un manto de estrellas, los bancos no eran muy cómodos, pero tú hacías que yo estuviese cómoda. Te sentabas apoyando la espalda en el lateral del banco, justo en este, en el que estoy ahora, no sé cómo eras capaz de soportar el hierro que se te clava en medio de la columna vertebral tantas horas; mantenías una pierna doblada por la rodilla subida al banco, y la otra, en el suelo, y me invitabas a sentarme justo en medio, donde me rodeabas con tus brazos y me olías el pelo, y entonces, mientras el mar nos cantaba su canción favorita, fue cuando bautizaste nuestro bunquer como nuestro pedacito de paraíso, si me concentro, aún puedo escuchar mis carcajadas de niña enamorada.
Dicen que cuando estás enamorado de verdad, y estás con esa persona, el tiempo se detiene, para que el amor fluya sin prisa y pueda consolidarse en ambos corazones para toda la eternidad. En mi corazón sigue existiendo ese amor hacia a ti, después de tantos años, y aquí, respirando los aromas del recuerdo, casi puedo palparlo.
Algunas voces, que supongo que van de recogida tras un paseo más largo de lo habitual, pasan por debajo del bunquer, y como ha ocurrido siempre, ni si quiera saben que estoy aquí, esperándote. Algunas cosas nunca cambian.
Estoy nerviosa, hace tanto que no nos vemos, que intento imaginarte ahora, siendo hombre ¿Qué le diría el hombre al chiquillo que me esperaba aquí cada noche? Yo intento buscar a la muchacha inocente que esperaba ansiosa a su cita secreta, y la veo aparecer como un reflejo fugaz, pero no quiere oírme, viene y va, como el mar de fondo, pero no se queda, lástima, tengo tanto que contarle... Ella vaga cerca de mí, puedo sentirla, pero no se acerca, sin embargo, entre la tímida negrura de la sombra que provoca la luna en los pinos, observo cómo me mira atónita, impaciente, y cuando deshago mis ojos de su presencia, puedo escuchar con nitidez sus palabras, esas palabras que me han perseguido desde la última vez que nos vimos, y que una vez tras otra, he intentado callar. Debiste seguir esperando...
Me levanto del banco y me dirijo hacia la barandilla, no dejo de admirar las estupendas vistas, es un paisaje tan hermoso... Cuando es de día, observarlo es maravilloso, el contraste de colores siempre te aporta diferentes sensaciones. Primero el intenso verde de las copas de los pinos que envuelven la superficie más cercana, dando la sensación de estar flotando en la mismísima esperanza, luego, seguidamente, la blanquecina arena, que sin tocarla, sabes que es tan suave como el pelaje de un gatito; y por último, la paleta azul, con tonalidades tan diferentes del color que confunden los sentidos, a veces azul intenso, oscuro, como si el mar estuviese enfurecido, como si su profundidad no tuviese límites; otras, celeste, tan vivo, alocado, impaciente, que más que un mar parece un chiquillo hiperactivo; y la modalidad que más me gusta porque me recuerda a ti, el azul transparente con ramajos verdes, que me ofrece el fondo del mar a través de sus olas, pero que desde la distancia, desde dónde me encuentro ahora, dibuja en su superficie motitas verdes, desordenadas, dispersas sin ningún tipo de serie, como si se hubiese derramado la botella que contiene la buena ventura.
Ahora, a la oscuridad de la noche recién nacida, los colores son menos intensos, pero las vistas... insuperables. Los pinos se vuelven de color verde oscuro, la arena resalta en su blancura, contrastando en medio, como si supiese que ella es la separación de dos mundos muy distintos, como tú y yo, tú eres el verde del pinar, yo, el azul del mar. Y cuando es noche de luna llena... no parece que te encuentras en el mismo lugar, viajas a saber dónde, cualquier escondrijo que reserva la tierra para ti, para deleitar a tus emociones, a tus sueños. Definitivamente, sí, no pudiste escoger mejor nombre. Nuestro pedacito de paraíso...

¿Recuerdas la primera vez que nos vimos aquí? No era nuestro primer encuentro ¡Pero cuanto nos costó encontrar un lugar tan íntimo y con tanta belleza! ¡No nos lo creíamos! Ese día, como casi siempre, llegaste tarde a las clases jejeje, el profesor estaba tan acostumbrado a tu impuntualidad, que tenía cogida la hora exacta de tu "puntualidad". Yo me sentaba en la parte de atrás ¿Recuerdas? Y siempre que llegabas, lo más discreto posible, me guiñabas un ojo. Pero aquel día, la emoción de contarme que ya tenías el sitio idóneo para nuestros encuentros, te hizo acercarte a mi mesa, sin importarte lo que pudiesen pensar los demás, y me dijiste ¡Lo tengo! y corriste a tu mesa jajaja ¡Que mirada me echó mi compañera! Y qué nerviosismo se ancló en mi estómago ¿Qué lugar sería? Pensé, y la otra, que no quitaba sus ojos de mí, esperaba una explicación que jamás le di. Cuando conseguimos despistar al resto en la hora del desayuno, me lo dijiste emocionado, pero yo, la que más temía ser descubierta en nuestros encuentros, no te demostré la misma emoción. Te puse mil pegas, que no me parecía seguro, que si estaba muy a la vista, que todo el mundo conocía el sitio... pero tú insistías que era el mejor lugar del mundo, que estaba construido para nosotros, que ese espacio no existiría si no estuviese destinado para ambos ¡Cuanta palabrería utilizaste para convencerme! ¿Recuerdas? Y al final, uno de tus besos terminó por persuadirme en un sí, eso, y la extrema confianza que me daban tus ojos negros ¡Probemos! te dije entonces, y nunca volvimos a vernos en otro lugar que no fuese éste.
Era como si al llegar, ambos, nos hiciésemos invisibles, nos desprendíamos de nuestra verdadera identidad, éramos las mismas almas con otros cuerpos, irreconocibles bajo la luz de las estrellas, imperceptibles para los ojos de los demás, desapercibidos para el resto del mundo, o eso sentíamos.
Construíamos nuestro futuro en un sueño a diseño, algún día recordaremos estos momentos como algo muy lejano, decías, contaremos a nuestros nietos cómo intercambiábamos amor bajo la luna, relatabas entusiasmado, ¡Los traeremos y seguiremos reviviendo los recuerdos! gritabas, e inmediatamente yo, entre risas y contagiada por tu alegría y sueños, te tapaba la boca dulcemente y te atraía a mis brazos, y decía ¡Ojalá! 

Con lo valiente que siempre fui, aun sigo sin entender porque no lo era cuando se trataba de nosotros. Recuerdo llegar a casa, después de uno de nuestros encuentros, y estar pensando en la próxima excusa para volver a verte ¡Qué tonta! Con lo sencillo que hubiese sido decir las cosas tal y como las sentía, haberme dejado llevar por los impulsos del corazón ¡Cuánto dolor y sufrimiento me hubiese ahorrado en los años posteriores! Sobre todo... cuánto daño te hubiese quitado a ti. Pero era tan joven e inexperta, tenía tanto miedo cuando se trataba de estar contigo, que entiendo que la clandestinidad era mi bote salvavidas en ese barco podrido y nauseabundo que me arrastraba hasta la isla de las mentiras y la decepción. A veces, para consolarme, o perdonarme, pienso que quizá no fuese el momento correcto, y que las cosas tuvieron que pasar de esta manera, quizá para madurar yo, quizá para enseñarte a ti. 
Al principio las excusas eran meditadas y preparadas ¿Recuerdas que me ayudabas a pensarlas para que no tuviesen error de credibilidad? Luego, todo importaba una mierda, incluso, a veces, deseaba que se enterase para que me dejase vivir en paz. Pero tú sentías miedo de que pudiese hacerme daño, y me decías que no te perdonarías que él pudiese hacerme algo, porque entonces, lo matarías. ¡Cuánto me gustaba esa protección que siempre me brindabas! Ponías cara seria, te enfurecías con tal solo pasar el pensamiento por tu mente, pero casi nunca me mirabas a los ojos cuando pronunciabas esas palabras, no porque mintieses, todo lo contrario, porque sabías que si aquellas palabras las pronunciabas buscando mi mirada, se harían realidad. 
Aquello no sería duradero, los dos lo sabíamos con certeza, él se acabaría enterando y todo nuestro mundo se desestabilizaría, en cierto modo, era lo que deseábamos, lo único que evitábamos era sufrir, sin ser conscientes que el sufrimiento más profundo era el aplazar poder estar juntos.
En más de una ocasión me confesaste que no soportabas más el pensar que mi cuerpo rozase el suyo, ni que mi almohada fuese compartida, que te quemaba el alma, me decías con los ojos brillantes, aguantando las lágrimas de tu desconsuelo. Pero la situación era tan complicada... y tenía tanto miedo... menos mal que siempre sabías comprenderme, y ante todo lo demás, mi seguridad era lo que más te importaba. Preferías sufrir y llorar en silencio, que pensar que el mínimo roce, acabaría conmigo ¡Cuánto he echado de menos esa protección durante todos estos años! ¡Nadie jamás me ha querido y protegido como tú! Una pena que me esté dando cuenta hoy, y no años atrás.

Comprábamos un par de litros, a cada encuentro le tocaba a uno de los dos, pero la hierba, la hierba siempre corría de tu parte jejeje ¡Ay, qué juventud! Y aquí, por encima del mundo, disfrutábamos del tiempo más espléndido que una pareja de enamorados pueda vivir. 
Me encantaba todo de ti, cuando te miraba al trasluz de la luna, con esos reflejos plateados bañando tu silueta, sabía que eras el hombre de mi vida, y deseaba con todo mi ser, que ésa noche, jamás se acabase. En más de una ocasión, pensé, que si en ese preciso instante, el mundo desapareciese, no me importaría, porque habría vivido contigo la extinción de la humanidad, y nuestras almas podrían viajar juntas, sin excusas, hacia donde estuviesen destinadas. Pero estos pensamientos nunca los compartía contigo, por miedo a que me tacharas de cursi jeje, aunque tú fueses el ser más romántico que sobre pisase la tierra. Me pillabas mirándote alelada, y con esa media sonrisa que tanto te caracterizaba, me decías ¡Te tengo enamoradita perdia! Y si me cogías bebiendo, echaba todo el liquido que tenía en la boca en ese momento y lo ponía todo perdido... y era entonces cuando tu sentido del humor terminaba por enamorarme del todo, porque siempre soltabas el típico comentario sexual que me ruborizaba hasta las pestañas ¡Qué felicidad me aportabas! ¡Eras único! Hasta ahora, aquí, mientras sigo esperándote, no me había dado cuenta de lo verdaderamente feliz que me hiciste en cada momento, ni en lo importante que eras para mí. 
¡Estúpida, estúpida, estúpida! Debiste seguir esperando...

Al día siguiente, después de cada quedada, nos resultaba muy complicado no buscarnos con la mirada, ansiábamos siempre el uno del otro, y buscábamos cualquier tontería para poder rozarnos, el prestarnos un bolígrafo (Sin sentido ninguno ya que trabajábamos con ordenadores) un clínex, una duda que no era duda, cerrar la ventana...todo valía, cualquier cosa era perfecta para poder rozarnos, para que nuestra piel sintiese el descanso de tantas horas sin tocarse. Cuando no podíamos porque había demasiada gente, nos conformábamos con las miradas. Tantas miradas nos intercambiamos, que incluso, llegamos a pensar que habíamos conectado mentalmente y que el diálogo verbal ya no era necesario entre nosotros, que éramos capaces de comunicarnos a través de nuestras mentes, de hecho, en más de una ocasión, nos asustamos por estar pensando lo mismo y al mismo tiempo, la gente se descolocaba cuando, cada uno en una punta de la clase, nos destornillábamos de la risa, y nadie sabía que nos reíamos de lo mismo, solos tú y yo. Así debimos de quedarnos siempre, solos tú y yo.
¿Y cuando me dejabas notitas pegadas en mi silla? Con aquel idioma extraño que fuimos inventando al paso, por si alguien cogía la notita antes que yo, para que no descifrase el mensaje. Las siglas TVB perdurarán siempre.

¡Cuántas veces hicimos el amor bajo este mismo manto de estrellas que me acompañan ahora! A la intemperie, con el frío del invierno, con el calor de la primavera. Miro el suelo de madera y trato de imaginarme una vez más, temblorosa por sentirte dentro de mí, por ser pillados, por perderte... ¡Qué pensará la gente si supiese que fui yo la que finalmente te echó de mi vida! Las tablas de madera me juzgan ahora, se ríen de mí, me insultan. No les guardo rencor, tienen razón. Ellas, que tanto vivieron junto a nosotros, son las únicas con derecho a juzgarme, ellas... y tú, porque ni yo misma soy capaz de perdonarme el haberte dicho adiós.

El encuentro de hoy es diferente. Aunque sigue siendo a escondidas. Un secreto. Pero, desgraciadamente, ni somos jóvenes, ni venimos para disfrutar del amor. Hoy volvemos a encontrarnos para despedirnos para siempre. El último adiós, de verdad.
Sigo asomada a la barandilla, dejándome los ojos en la oscuridad para buscar tu silueta dirigiéndose hasta aquí. Aun no te veo, estarás teniendo problemas para salir de casa, pero sé con certeza que vendrás, aunque sea con tres horas de retraso, y esta vez, esperaré. Esta vez no me iré hasta que no te tenga frente a mi y pueda abrazarte por última vez.
El frescor de la noche me hace tiritar de vez en cuando, me pongo el gorro de la sudadera, y sonrío sin querer, porque vuelven a mis recuerdos tus días de encapuchado feliz. Siempre ibas con el gorro de la sudadera puesto en nuestros encuentros, para que sea más difícil reconocerme, decías, hasta que me lo pegaste a mi, y entonces comenzamos a ser los encapuchados del bunquer. 
No puedo evitar vernos en cada esquina que me rodea ahora mismo ¡Cuántos recuerdos! Incluso he recordado momentos que pensaba que había olvidado, o conversaciones, ha sido pisar este lugar, y atolondrarse mi mente con tantos recuerdos. Parece que fue ayer...pero no, hace mucho más tiempo.
De repente me ha entrado pánico, no sé cómo reaccionaremos al volvernos a ver, tengo miedo ¿Volverá a surgir esa electricidad que sufrían nuestros cuerpos al encontrarse? ¿Se reconocerán nuestras almas? ¿Sentiremos el pasado como un sentimiento del presente? Lo único que sé, es que tengo muchas ganas de verte, de abrazarte, de olerte, de tenerte.

Cuando conseguimos afrontar nuestros miedos y pudimos dar el paso para estar juntos, recordábamos entre risas nuestros encuentros clandestinos, y siempre me decías, me parece mentira que hoy seas mía. Que palabras más bellas. Al fin habíamos conseguido ser el uno para el otro, y pensamos que la vida nos mantendría unidos para siempre. Una pena que nos equivocásemos. Hemos hablado en numerosas ocasiones de lo que sucedió, y ambos nos hemos perdonado, más tú a mí, porque yo a ti...poco tenía que perdonarte. Me alegró que pudiésemos llevar una relación de amistad, que al menos, al encontrarnos por la calle, no nos negásemos el saludo, me demostraste tanto...una pedazo de lección de vida me diste, y ahí fue cuando pude conocer, con total plenitud, lo extremadamente buena persona que eras, y que como tú, jamás encontraría a nadie en la vida. Pero desgraciadamente, nuestro tiempo había pasado, intentamos ser pareja y no pudo ser, muy triste, recordando tantos buenos momentos como vivimos, una pena muy grande, sobre todo por mi parte, ojalá en su momento hubiese sabido apreciar cuanto tenía conmigo y lo inmensamente valioso que eras. No supe verlo, ni apreciarlo, y cuando quise darme cuenta...ya era demasiado tarde. Al menos lo tengo como amigo, pensé para consolarme. El tiempo y la distancia hizo que el destino no nos volviese a juntar físicamente, aunque gracias a las redes sociales, siempre mantuvimos el contacto, y de eso, también tengo que estar agradecida, pues no me perdonaría nunca el no haberme podido despedir de ti.
No me veo capaz de decirte todo esto ahora cuando te vea, quizá por vergüenza, o quizá por miedo a tu reacción, por nada del mundo quisiera ofenderte. Creo que no hará falta decirte nada, serás capaz de leerlo en mis ojos.
De nuestra relación poco tengo que decir, que me hiciste muy feliz durante ese período, y que todavía, hoy, aunque tenga mi vida hecha y estoy bien y feliz, te sigo recordando como el hombre de mi vida, el único que me amó de verdad, el único que nunca me hizo daño, que me quiso con la más sincera pureza, creías en mí, me valorabas como nunca nadie lo ha hecho, me apreciabas, y me amabas con cada partícula de tu ser, y eso...solo ocurre una vez en la vida, si es que ocurre, y yo...lo dejé escapar. ¿Pero sabes qué? Que pienso que cada cosa ocurre por alguna razón, y que si no cuajó, fue porque no tenía que cuajar, quizá debía seguir aprendiendo de la vida, y tú lo hacías todo demasiado fácil, cuando a mí...siempre me gustó complicarme sin necesidad, lo difícil me fascina. 

Hace unos meses soñé contigo. Un sueño muy extraño. Me hizo pensar de nuevo en ti, y te hablé, simplemente por saber cómo te iba la vida. Había visto algunas fotos, y me alegraba verte tan feliz. Habías conseguido el trabajo de tus sueños, cambiado de coche, tenías una pareja preciosa y todo parecía estar bien. Sonreí. Te mereces todo lo mejor, nunca te deseé lo contrario.
Que tristeza cuando hablamos y me diste la noticia...todavía me es imposible quitarme el amargor en la garganta ¡Cuántas lágrimas he derramado desde entonces! ¡Cuánta presión en el pecho por la impotencia de no poder ayudarte! ¡Cuánto dolor en mi corazón! El mismo corazón que te quiso tanto...
No puedo evitar derramar lágrimas cada vez que pienso en ti, es tan injusta la vida amigo...¿Y por qué tú? ¿Y por qué a ti? Que estupidez ¿No? Hacerse ese tipo de preguntas, cuando ambos sabemos que nadie tiene culpa, y mucho menos las respuestas que buscamos. 
Tengo cáncer, dijiste, y el silencio sepultó mi razón. No podía ser cierto. No, aquello debía de ser un error. Tú no.
Tú no.

Te veo de lejos. No has cambiado nada entre las sombras. Sigues siendo el mismo chiquillo nervioso que anda hacia mí, mirando de vez en cuando hacia atrás, para asegurarte de que no te sigue nadie. Y de repente, parece que el tiempo no ha pasado, que el ahora no existe, que hemos viajado al pasado, que tú vuelves a tener los 20, y que yo, esta vez, sigo esperándote.

5.9.25

RELATO: Ay...Teresa!



Teresa era una mujer de las de antes, de las que siempre tenía un roto pa un descosio. Con Teresa cerca nunca te ibas a quedar sin comer, porque ella siempre invitaba a su mesa a todo aquel que quisiese sentarse, dónde comen 11 caben 15 la escuché decir una vez. Y allí iba ella, con su olla de lentejas o habichuelas a servirte como si fueras uno más de la familia, y no te quitaba ojo hasta que no viese el plato rebañao. 
Teresa se había criado en una familia pobre, como tantas de la postguerra, con numerosos hermanos, y habiendo nacido mujer, ella no pudo conocer otra vida que la de servir a los demás, sin pensar nunca en sus propias necesidades, o en su felicidad. Ella decía que era feliz viendo a los suyos felices, todos la creían. 
De los recuerdos de su infancia contaba poco, por no decir nada, quizá porque no tuvo una niñez bonita, imaginad en aquellos años, acabados de salir de una guerra civil, todo es gris, miseria, hambre, muerte e incertidumbre. Ir al colegio era un privilegio para gente de bien, la mayor parte de la población estaba sentenciada a ser ignorante. Así creció la pobre, sin saber de escritura, sin pisar un colegio. Menos mal que Teresa de tonta no tenía un pelo. Una vez termina la guerra, la dictadura. A Teresa le inculcan unos valores tan cerrados y retrógrados, que aunque ella en su interior guardase la mayor fuerza y valor, el mundo que le tocaba descubrir se lo pondría bastante difícil. Teresa es privada de decidir su destino, de pensar por sí misma. Sin embargo, con tan solo 7 años, ya sabe planchar, cocinar, limpiar, tejer, cuidar de sus hermanos, ir a hacer la compra...es una auténtica ama de casa. Tampoco se cuestiona la obediencia sumisa al género masculino. A Teresa nadie le ha dicho con palabras claras que los hombres están por encima de las mujeres, ella ya lo sobreentiende, lo acata, porque no conoce otra manera de vivir. Teresa sabe que lo que un hombre dice, va a misa. 
Pero Teresa también sabe, aunque esto no lo diga, que un hombre sin una mujer...no llega a ninguna parte.
Mucho no tuvo que pensar sobre su destino, lo tenían apalabrado con la humanidad de esos años, lo esencial era encontrar marido lo antes posible y procrear, ya esta, ahí acababan sus sueños, sus metas, sus preocupaciones.

Ay...Teresa...

Su boda nunca la describió, qué iba a describir la mujer, si lo más seguro es que fuese deprisa, corriendo, con los tres invitados de turno, y un tentempié en casa de algún familiar cercano. Las bodas de antes...fotografías, si existe alguna, mala y oscura. Lo que no dudo es que Teresa estaría radiante, hermosa, pero porque ella expulsaba lindura por cada poro de su piel. Sus rasgos eran tan bonitos, que incluso llegando a la edad madura, te quedabas admirando su belleza. De tez morena, ojos grandes y negros, labios carnosos, piel radiante...una pedazo de mujer de las que ya hoy no vas a encontrar, por lo menos al natural. 
Comienza su vida de casada. Eran tan pobres que ¡Ni casa propia tenían! Lo normal en aquellos tiempos, te casabas y te ibas a vivir con tus padres o con tus suegros, hasta que tu marido, que era el que tenía que trabajar, encontrarse un curro digno con el que poder mantener a una familia. 
Ni tiempo había tenido de asimilar su casamiento cuando llega el primer embarazo. Y luego otro. Y otro. Y otro. Y otro. 
Pero la vida había cambiado. 
La dictadura quedaba tan atrás que hasta provocaba risas. Hay que ver. Una cosa que creó tantos lamentos, sufrimientos y dolor, ahora, te hacía reír. El mundo no hay quien lo entienda, se le podía escuchar a Teresa por lo bajini. Y no le faltaba razón a la mujer.
Teresa se adaptaba a todos los tiempos. Si ella había nacido en una postguerra y tocaba comer patatas y cebollas todos los días, pues ella era la primera que se ponía a pelar papas. Si luego en la dictadura tenía que hacer malabares para criar a cinco hijos y un marido, con un sueldo mísero, ella se ofrecía para lo que hiciese falta con tal de que sus hijos no pasasen hambre, y siempre con una sonrisa, con alegría, con ganas. Teresa disfrutaba de la vida, en cualquier situación. 

Ay...Teresa...

Y menos mal que no fue una de esa mujeres que tuvieron que sufrir el maltrato de su maridos, como la mayoría de las mujeres que la rodeaban. Teresa no tuvo el marido perfecto, pero tampoco al más ruin. Una buena persona, pero con sus cosas de hombres...decía. Nunca sabremos si su matrimonio era amor verdadero, o como la mayoría de la época, que te arrejuntabas con el primo de...con el hermano de... y los casamientos quedaban en un círculo cerrado sin ninguna variedad, sin ninguna oportunidad para poder describir el amor. Lo que había...era lo que había, y si no te gustaba...pues ajo y agua. Peor era quedarse soltera y entera, o soltera y en cinta. Entonces tu propio entorno te discriminaba, te hacía el vacío, porque deshonrabas a la familia, al concepto familiar que imponía la dictadura. Entonces, no eras digna de nada...
Pero Teresa se mantuvo al lado de su esposo hasta que descansó en paz, y fue ella la que cuidó de él hasta sus últimos días. Tuvo que llorar muchas noches en silencio, aunque estos datos son pura suposición, porque Teresa era dura como una piedra, y para ella derramar lágrimas en público, era un símbolo de debilidad, y ella podía ser muchas cosas, pero no débil. 
Teresa se tragaba la amargura, las penas, los pesares, los engullía sin masticar para que doliesen menos, y si se te ocurría preguntarle, anda que no tardaba poco en quitarte esas tonterías de la cabeza con un ¿Yo? Yo estoy divinamente Y a ver quién era el valiente que se atreviese a rebatirle. Si Teresa dice que todo esta bien, es porque todo esta bien. No obstante, su hombro siempre estaba a disposición de cualquiera que lo necesitase para ahogar sus penas.
Teresa no era cariñosa, pero poseía un alto nivel de empatía. Ella entendía el sufrimiento de todos, y lo entendía de tal forma, que lo hacía suyo. ¡Cuantas personas iban a buscar refugio a los brazos de Teresa! 
Ella se sentaba, cruzaba los brazos bajo el pecho y te miraba fijamente, tú hablabas y hablabas, desahogándote, exponiendo tu dolor, y cuando terminabas y la mirabas, sin decir nada, ya te sentías bien. Solo su presencia hacía que te sintieses bien. Los problemas, cuando se los contabas a Teresa, como que dejaban de tener importancia. Nadie sabe cómo lo hacía, pero todos confirman lo mismo. Era como si absorbiese toda la negatividad y sufrimiento que te rondasen, los hiciese una pelota, y la tirase por el váter ¡Qué problemas!

Ay...Teresa...

Estuvo siempre claro quien llevaba los pantalones en casa. De puerta para fuera, Teresa se cernía a la vida que le habían impuesto, nunca la ibas a escuchar quejarse de nada, pero cuando acudías a su casa, una sola mirada de Teresa era capaz de parar al propio viento y volverlo brisa suave ¡Ni las moscas emitían su zumbido para molestar! De puertas para dentro, Teresa, era dirigente, organizada y estricta. La mano...larga. Pero es que la mujer tampoco conoció otra forma de educación. Con sus nietos ya fue otra época, ya era otra Teresa.
A sus hijas las crio fuertes, duras, para que aprendiesen a soportar lo peor de la vida. Les enseñó a valerse por sí mismas, les inculcó los valores que le arrebataron, y aunque las adoctrinó con el mismo pensamiento retrógrada de ser mujeres de sus casas, también las ayudó a volar cuando más lo necesitaban. Ella ofreció a sus hijas las alas que le cortaron al nacer. Porque Teresa, a pesar de no haber pisado un colegio en su vida, era perfectamente consciente de que los tiempos estaban cambiando, y de que lo que a ella le había tocado vivir, sus hijas, no tendrían que repetirlo. 
Con los varones...fue distinta. Es irremediable tratar de convencer a una persona, que durante toda su vida ha crecido pensando que los hombres son superiores a las mujeres, que ahora las mujeres también podían hacer lo mismo que los hombres, o los hombres, lo mismo que las mujeres. Ese concepto ella lo aceptaba, pero la cara que ponía...reflejaba otro pensamiento. Y los niños crecieron diferentes a las niñas, sin obligaciones, sin disciplina, con sobreprotección.
Pero Teresa lo hizo lo mejor que pudo, nadie la enseñó a enseñar a los demás. 
Sus nietos le proporcionaron una felicidad enorme, sobre todo, porque cada uno era tan diferente del otro, que a ella le divertía tratar a cada uno como debía. Tuvo cuatro nietos, tres hembras y un varón, como siempre los definía ella, y a cada uno supo darles su lugar, supo diferenciar la importancia de unos valores para unos, y la intensidad para otros. 
A sus nietos siempre se les llena la boca de orgullo cada vez que recuerdan a su abuela, de hecho, tras tantos años desde que los dejó, todavía, al recordarla, les tiembla la voz, y tienen que hacer unos esfuerzos enormes para aplacar ese nudo en la garganta que delata que las lágrimas brotarán en breve. La abuela había sido tan importante en sus vidas, que se les hizo muy duro seguir sin ella, sin el cobijo de sus brazos y consejos, sin su fuerza. Teresa era la matriarca de una familia que tenían como refugio su misma sombra, bajo ella, nada malo podía ocurrir, y si ocurría, Teresa con sus poderes de abuela, lo solucionaba todo antes de que el problema te rozase.

Ay...Teresa...

Siempre sabía lo que había qué hacer en cualquier situación. Actuaba con tanta seguridad que no te daba tiempo a analizar si sus actos estaban bien o equivocados. Teresa cogía la sartén por el mango, y al que se le ocurriese invadir su espacio, hacer daño a uno de los suyos o intentar controlar sus decisiones, se llevaba un buen sartenazo. Era una persona segura de sí misma, bondadosa y valiente, quizá la mujer más valiente que he conocido en mi vida. Teresa no le tenía miedo a nada, ni si quiera a la muerte, como demostró con su enfermedad.
Teresa tuvo un final triste y muy doloroso. Le diagnosticaron cáncer, avanzado, cuando los médicos se dieron cuenta, ya era tarde para actuar. Sin embargo, ella lo tomó como otro suceso más en la vida con el que le tocaría lidiar, aunque sabía que esta vez, no lo ganaría. Se mantuvo tan fuerte en todo el proceso, que las personas que se la encontraban eventualmente, ni si quiera notaban todo lo malo que recorría su cuerpo, y siempre la miraban con buenos ojos ¡Estas estupenda Teresa! ¡El tiempo pasa y ni te roza Teresa!  Ojalá hubiese sido así...que el tiempo no la hubiese tocado, y Teresa siguiese entre nosotros. La gente la admiraba, la quería muchísimo, por eso nadie pensó que se iría tan pronto, que ella podría vencer hasta lo invencible, pero no, Teresa no era invencible, ni una superheroína, Teresa era una persona normal, como tú y como yo, con una fuerza devastadora, pero...contra el cáncer...hasta las personas tan fuertes como Teresa, pueden perder la partida.
Ella no quiso que su familia sufriese como el cáncer tenía intenciones de ejercer su mandato, y aunque la pobre tuvo que sufrir unos dolores insoportables, y una angustia interna que nadie conoció en realidad, a todos seguía tratando de igual forma, dándoles su espacio, el cariño que necesitaba a su manera, y si el simple hecho de poner una sonrisa en su rostro le provocaba un dolor atroz en su interior, no le importaba, ya cargaría ella con el sufrimiento si podía evitarlo para que sus seres queridos soportasen menos la carga.
La desmejora que provoca un cáncer en el físico de una persona...provoca un miedo, que a veces, somos incapaces de solventar, de digerir, y ella lo sabía, sabía que cuando la miraban, todos pensaban lo mismo. Puto cáncer. Pero Teresa no se rendía, y seguía ofreciendo su sonrisa, su amor y su fuerza a los que la rodeaban.

Ay...Teresa...

Cuando se marchó, dejó un vacío inmenso. La vida era de otro color, o quizá se quedó sin colores. Cada uno la lloró como supo, cada cual la recuerda como sabe, pero todos, la echan de menos.
Ella no se marchó en valde, Teresa dejó su fuerza, su saber estar, su energía, su valor, sobre todo su valor, porque sabía que en el mundo hace falta valor para afrontar la vida, y que la gente es cobarde. Ella se encargó de que los que la rodeaban, sus seres más cercanos y queridos, heredaran ese gran valor que ella poseía, esa fuerza invencible y devastadora como un huracán, y prometió cuidar de cada uno de los suyos estuviese dónde estuviese. Teresa dividió su alma en cientos de fragmentos, e hizo que cada uno de ellos eligiese un corazón, de un ser querido, para vivir en él, para acompañar los caminos más empedrados y defectuosos. Si conociste a Teresa, seguro que la sientes junto a tu corazón, o al respirar, o navegando por tus venas.
A veces Teresa susurra al oído, o te roza sin que apenas lo notes. Pero ella esta a tu lado, siempre estuvo a tu lado.

Ay...Teresa...

Podría contar tanto de ella... anécdotas, muchas anécdotas, de esas que te partes de risa, porque Teresa, era mucha Teresa, y mira que pasó por mucho la mujer, pero las risas fueron su mejor compañera, y hay tantas historias sobre ella que te hacen reír, que me encantaría contarlas, una por una. Quizá algún día lo haga, por ti Teresa, quizá algún día escriba la historia de tu vida, o las historias de tu vida, mejor dicho...porque te faltaron muchas cosas, pero nunca tus ganas de vivir, nunca te faltaron agallas para seguir, fuese como fuese. Todas la vidas merecen ser contadas, pero la tuya, Teresa, la que más.
Para que no se olviden de ti, aunque eso ya sabemos que es imposible. Nadie puede olvidarse de Teresa si la conoció alguna vez.
Pues entonces, para los que no pudieron conocerte. Entonces, contaremos tu vida para los que no tuvieron la suerte de sentir tu energía y bondad.

Ay...Teresa...eras mucha Teresa para este mundo.