PRETEXTO: Siento no haber publicado entrada en el mes de junio, la excusa es buena. Como sabéis, además de escribir en el blog, también escribo novelas, y estos meses he estado trabajando en la última publicación. Ha sido un mes muy intenso, ya que tenía previsto publicar en abril o mayo y por cuestiones y contratiempos tuve que prolongarlo. Pero ya está, ya me he quedado tranquila y muy pero que muy contenta con el resultado. Al fin puedo decir ¡Novela publicada! Pronto la podréis encontrar, como las demás, aquí en la parte derecha del blog, bastará con pinchar la foto y listo, por si os interesa. A lo largo del mes de julio, si me da lugar y todo sale según lo previsto, publicaré una entrada hablando un poco de ella, no suelo hacerlo, ya que me gusta mantener al margen del blog los demás proyectos, pero con esta novela se ha producido un final y comienzo de etapas en mi trayectoria literaria, y me encantaría compartirlo con vosotros.
Pido disculpa también si la entrada que encontráis a continuación os deja que desear... no es de mis mejores, la verdad, y sé que podría haber escrito algo mejor, pero ya me he exigido demasiado durante este mes anterior y la mente... no me ha dado para más jeje así que espero no me lo tengáis en cuenta y sigáis leyendo mi blog jejeje
PRIMER DÍA DE PLAYA
Tuve el privilegio de nacer en un lugar costero. Siempre he ido a la playa, da igual en qué estación estemos o cuántos grados marque el termostato, mis sentidos necesitan, cada ciertos días, un chute de mar y arena. El mono puede ser tremendo, hasta el punto de provocarme ansiedad ¡Qué exageración! Sí... puede ser... pero no deja de ser cierto.
Me gusta mucho la montaña y cada vez que tengo oportunidad hago una escapadita, pero mi corazón siempre anhela el mar, es irremediable, de hecho, suelo decir: ¡No podría vivir sin playa! Y es totalmente cierto. Ha habido ocasiones, que por tema de trabajo u otras circunstancias, casi me veo obligada a mudarme a una zona interior, menos mal que no ha llegado a suceder, y si alguna vez sucede... Uff ¡Quita, quita! ¡No lo quiero ni pensar!
El mar siempre ha estado muy presente en mi vida, me relaja, me hace disfrutar, me hace feliz... ¡Con qué poquito soy feliz! Pues la verdad es que sí, no es muy complicado para mí ser feliz, me basta con que mi familia y gente a la que quiero este bien, llegar a fin de mes y... ¡LA PLAYA! ¡Eso que no me lo quite nadie! No necesito nada más. No me importa ni me interesa el dinero, de hecho lo uso porque me lo impone el sistema, pero soy de esas que piensa que el mundo funcionaría mejor si en lugar de dinero utilizásemos trueques u otros métodos de pago ¿En qué estáis pensando? jajaja nada raro... sería algo como "Hoy por ti, mañana por mí" pero claro, soy consciente que eso solo podría ocurrir en un mundo utópico donde todos tuviesen humildad, respeto, moral y justicia. Un mundo donde la avaricia, el poder y la manipulación no existiesen, o, no pudiese controlar al ser humano, y eso... ¡Es una utopía como un camión! Utopía por no llamarlo directamente IMPOSIBILIDAD. Pero bueno, no vamos a entrar en el debate de lo que abarca, corrompe y distorsiona el dinero, cuando, por cojones, debemos seguir utilizándolo.
Pues a eso me refiero, no me considero una persona que se sienta feliz poseyendo tantos bienes materiales o tantas cifras en los bancos, lo justito y necesario para subsistir, no necesito más, económicamente, me refiero. Luego ya, si nos adentramos en lo que puedo exigir de los demás, de las situaciones y momentos... es otra historia, que tampoco voy a tocar hoy jejeje.
El caso es que me encanta la playa, no solo cuando viene el buen tiempo, aunque no voy a negar que es cuando mejor se está, si no también cuando hace frío y llueve. No sabría explicar lo que me hace sentir exactamente, puedo utilizar las palabras paz, tranquilidad, seguridad, bienestar, relajación, inspiración... pero definir el estado de mis emociones a modo desarrollo... se me hace complicado porque es un sentimiento tan profundo e íntimo que ni utilizando las palabras más bellas podría definirlo tal cual lo siento. Es como definir un orgasmo.
Vivo en un lugar maravilloso, casi un paraíso, podría estar mejor, no lo niego, en la limpieza sobre todo, pero bueno, eso no depende solo de mí, también implican al ayuntamiento y el civismo. Aparte. Es un lugar que cualquier calle te lleva a la costa, sin necesidad de horarios, de tarifas ni de trasportes ¡Un auténtico lujo! Y luego ves a la peña gastándose cantidades desorbitadas, y yo... lo tengo aquí, a dos pasos, cuando me da la gana. Si ya... vas a comparar tus playas con las del caribe... Hombre pues no... primero porque no me gustan las comparaciones odiosas, cada lugar tiene su encanto y belleza, habrá sitios más hermosos que otros ¡Claro! Como suele ocurrir con todo. Pero ¿Sabéis lo gratificante que es estar trabajando, agobiada, saturada, estresada, y al terminar la jornada poder coger una simple calle y de repente aparecer frente a tal hermosura? ¡Si ya lo digo siempre! ¡No sabemos dónde vivimos! ¡No valoramos lo que tenemos!
Que esté lloviendo a mares, un temporal de cuidao y un frío que pela, te introduces en el chaquetón, te pones tu gorrito, tus zapatos que no calen y... ¡Ala! Tira pa la playa y observa. Siéntate donde más te plazca, en la arena, en un banco, en un mirador... y observa. Observa el vaivén de las olas, la lluvia dulce mezclándose con el salitre, esa arena que normalmente es seca y que se va convirtiendo en arena mojada debido al chaparrón, el viento que mece y crea las olas, que aturde a las gaviotas, que estremece tu cuerpo, y justo cuando estás ahí, en mitad de la nada, sola, con esa expansión de naturaleza solo para ti... como si fuese su dueña, como si estuviese en tus manos redirigirla o manipularla, y es el momento preciso, es en ese preciso instante cuando más real te sientes, porque sientes que no eres nada, un granito más de arena en todo el universo, y es cuando los problemas se minorizan, el dolor se disuade y la nostalgia se evapora. No eres nada, y sin embargo, lo eres todo.
Y ahora os comento lo más gracioso. Me encanta el mar y todo lo que esté relacionado, pero sin embargo, detesto comer pescado o marisco... sí... no me gusta ¿Resulta extraño? Bueno... según cómo se mire. Siempre pensé que es debido a que en otra vida fui un bogavante, una gamba o salmón, y tendré una especie de trauma o algo similar jajajaja Bueno, dejémoslo en que me encanta el mar pero si tuviese que sobrevivir comiendo lo que me aporta... pues seguramente moriría de hambre jejeje.
Esta entrada va dirigida al primer día de playa, como todos los años, es una tradición, no la entrada, si no el día de playa...
Os cuento mi día:
Me levanto a las ocho de la mañana, super temprano, demasiado temprano para mí que estoy acostumbrada a otros horarios, pero bueno, un día es un día y la ocasión lo merece. Me he levantado a las ocho, no para coger sitio, todavía no han llegado los veraneantes y hay bastante espacio para elegir sin necesidad de madrugar tanto, pero como es el primer día, hay que prepararlo todo con meticulosidad. Ya el día anterior me había encargado de dejar mi cuerpo medianamente aceptable, es decir, pelillos fuera, comprobación del traje de baño (si ya... muy antigüita yo...) y poco más.
Saco la toalla del armario y compruebo que está en orden, no huele a cerrado, ni a humedad, eso significa que el año pasado la guardé correctamente, me felicito jajaja porque a veces soy tan dejada y perezosa...
Como todavía no había llegado el calor veraniego, me mantengo en un duelo con el armario que resulta irritable, ya que la ropa de invierno sigue ahí por los días de fresquito que aún nos quedan, y la ropa ligera también busca su huequito, pero claro, el armario no abarca más de lo que hay... así que acaba la mayoría de la ropa, tanto de invierno como de verano, colgada en las puertas del baño, de la habitación, en sillas... ¿Sabéis de qué os hablo no? Pues eso.
Cojo mi mochila e introduzco la crema solar, super importante, pontela-ponsela, que los rayos del sol son muy traicioneros y aunque el morenito a todos nos sienta genial, la piel es la que más sufre con las quemaduras solares, así que antes de la imagen, la salud ¡Por favor!
Introduzco la crema solar, agua fresquita, una sudadera (el viento puede cambiar de levante a poniente en un suspiro, y yo soy de resfriado fácil) la toalla, una bolsa vacía para la basura, el cenicero portátil (que es una pitillera de lata que me hace to el apaño, sí, fumo, me contamino los pulmones, pero no las zonas comunes, CIVISMO) el bocadillo, las llaves, la cartera y el móvil (que lo llevo por si surge algo y tienen que contactar conmigo, porque luego ni lo miro) También introduzco una libretita muy mona y cómoda que tengo por si la inspiración viene a tomar el sol conmigo, y un libro, normalmente el que esté leyendo en el momento, aunque en alguna que otra ocasión me he llevado alguno en particular porque me gusta leerlo en la playa (manías de lectora...) Cierro, compruebo que está todo y cojo mi sillita ¡Vámonos!
Llego a eso de las diez de la mañana, ya se ven algunas sombrillas pero está bastante tranquila, no han llegado ni las gaviotas todavía. Paseo por la arena, no me gusta ponerme justo debajo de los accesos, es dónde se pone todo el mundo y yo busco tranquilidad, no compañía. Mientras encuentro el lugar idóneo, me voy deleitando con esa imagen tan extensa y verde (otras veces juega con tonalidades azules) Respiro el aroma ¡Madre mía que placer! ¿No existe un perfume que tenga este olor? ¡Su fragancia cura cualquier mal! ¡Uy que me mojo con el despiste! y aún llevo los zapatos puestos. No. No me pongo chanclas, sinceramente... es que no sé andar con ellas jajajaja me resultan incómodas y molestas, ya... también es raro... ¡Pero qué hago si es que yo soy rara! Las chanclas es el calzado recomendado para andar por arena, porque como se te mete por todos lados, siempre es más fácil quitarte las chanclas, sacudirte la arena y seguir, que si llevas unos tenis u otro calzado, pero a mi me da igual, la arena en los zapatos no me molesta ¡Más me molestan las chanclas!
Suelo llevar tenis, sin calcetines, además son unos bastante cómodos que no tienen ni cordones, me basta con meter el pie y listo.
Miro hacia la explanada beige casi desierta, y entre una sombrilla y otra, veo el lugar perfecto. Distancia prudente entre las sombrillas, para no molestar, pero sobre todo, para que no me molesten a mí.
Miro al cielo, un par de nubecillas blancas adornando y el sol, que todavía no ha llegado a la mitad del cielo. Coloco la silla dándole la espalda, tengo pensamiento de estar aquí todo el día, ya nos encontraremos luego sol, ahora, deja que mis ojos solo tengan miramiento para el mar.
Pongo la silla y la toalla encima, otra manía... tampoco me gusta sentir el tacto de la silla con mi piel, me raspa y si hace mucha calor, me quedo pegada ¿Y por qué no te tumbas en la arena? ¡Antes lo hacía! No me llevaba ni silla ni nada, solo el bikini y listo, pero ahora... mi cuerpo magulladito por tantos años de hostelería, sobre todo la espalda... no puedo estar más de quince minutos sin apoyarla, así que desde hace unos años, sin silla no puedo estar en la playa. Esta silla lleva conmigo... pues... casi vente años ¿A qué no pensáis que una silla de playa pueda durar tanto? Bueno pues a mí sí, me pasa con casi todo, lo que más, la ropa. Sí. Sigo teniendo ropa de cuando tenía veinte años, y me la sigo poniendo... ¿Qué ha pasado de moda, que ya no se lleva, que la gente me mira? Me la pela... la verdad, me sigue valiendo y me siento cómoda. A ver, evidentemente algunas prendas no las llevo como antes, ya no voy enseñando el ombligo como adolescente, pero es que... ¡Me sigue gustando! ¿Y por qué voy a dejar de ponerme algo porque ya no "tenga edad" o no "se lleve"? Siempre me he vestido como me ha dado la gana, ahora no voy a ser menos.
Bueno, pues mi silla tiene veinte años, me la regaló mi madre por un cumpleaños y hasta ahora. Antes era rosa fucsia, se veía desde Cádiz por lo menos, ahora ha perdido intensidad y se ha convertido más en un rosa palo. No es que el rosa sea mi color preferido, pero por aquel entonces me encantaba, y mi madre me hizo muy feliz con aquel regalo ¡Coño y tanto que aún lo conservo! ¡Y espero que me dure otros veinte años más!
Me desvisto y me quedo en bikini. La mochila justo atrás de la silla para que no le de el sol y no me caliente la botella de agua ¿No llevas sombrilla? Pues no ¿Por qué? Porque no me gusta. Sufro la misma ley que con los paraguas. Paraguas que cojo, haga viento o no, se rompe. Da igual que abra un paraguas un día de sol, sin explicación alguna, si el paraguas cae en mis manos... muere. Pues igual me ocurre con las sombrillas. Además de que eso de clavarlas en la arena... tampoco es que se me de muy bien. Nada. Sin sombrilla ¡Quién dijo miedo! Para eso llevo mi crema solar, para protegerme del sol, la sombrilla es para principiantes...
Saco la crema y no escatimo, como dice Dani Rovira en uno de sus monólogos, me pongo tanta crema que puedo entrar en un edificio en llamas y salir ilesa... no gano para cremas la verdad jeje
Y ya sí, ahora sí que sí. Ahí está la tía, con su silla de veinte años, más blanca que la leche, yo, no la silla (y no solo por la crema si tenemos en cuenta que llevo un año sin tomar el sol y soy de piel blanquita) con el sol detrás y un panorama que parece más surrealista que verídico, y me digo: Soy rica. En estos momentos soy la persona más rica del planeta, porque este momentazo, estas vistas y esta paz, no tienen precio ¡No se le puede poner precio!
Y nada, aprovechando las primeras horas de la mañana, la tranquilidad acústica y esta soledad que tanto bien me hace, cojo mi libretita y me pongo a escribir lo que veo, lo que siento... la cuestión es que si ya me siento feliz, más feliz me voy a sentir escribiendo, y, algo muy importante, practico escribir a mano, que con esto de los ordenadores, móviles y el mundo digital que nos rodea, casi estoy olvidando como escribir a mano, así que ¡Vamos a ello! ¡Qué me gusta agarrar un boli y una libreta!
Esto fue lo que escribí, sin correcciones ni nada, tal cual lo escribí en su día, aquí lo expongo, es una tontería, pero oye... palabra escrita perdura en el tiempo ¿No?
"Quién me ha visto y quién me ve. Madrugar para ir a la playa, increíble pero cierto. Bueno, si era capaz de levantarme a las cinco de la mañana para ir a trabajar, esto de madrugar para esta al solecito mientras miro el mar, tampoco está tan mal. Y aquí me encuentro, sentada en mi sillita de hace veinte años, descolorida y oxidada por algunas zonas, pero aún manteniendo su color rosa, ese rosa que se estará viendo desde Cádiz. Sí, no solo tengo el privilegio de estar sentada con la panorámica de un inmenso manto azul verdoso, si no que también tengo el placer de admirar, desde una lejanía aceptable, la maravillosa ciudad de Cádiz. No es una vista nueva, casi podría decir que me la sé de memoria, pero no me aburro de ella, de hecho, la recalco y la admiro cada vez que aparezco por aquí.
Hoy parece ser especial, porque hasta la luna se ha quedado conmigo, ahí está, casi invisible, justo encima de mi cabeza, parece que no tiene ganas de irse a descansar. Descolorida y casi trasparente, blanquecina según se mira, pero sin brillar, ella sabe que no es su momento, ahora son las horas del sol. Pero ella se queda ahí, calladita, sin molestar, como yo.
Empieza a llegar gente. Para ser un lunes de Junio, veo que el espacio comienza a reducirse, por ahora no me molestan, al contrario, me entretienen, cada uno con sus pensamientos y utensilios playeros. Si me quedo un rato observando, me dan paz, el panorama se vuelve curioso, intrigante, las voces se mezclan con el susurro de las olas, la brisa, que parece que aumente de intensidad con las horas, me trae palabras sueltas, algunas perceptibles, otras meros susurros, pero me mantienen en un vilo agradable, incitándome a jugar a quién pertenece cada una , qué labios las pronunció.
El olor intenso a sal y algas se mezcla sutilmente con el aroma de cremas corporales, no llega a ser desagradable, pero quizá en unos momentos, resulte empalagoso. La gente se aventura, y a pesar del fresco húmedo que aún deambula por el ambiente, se introducen en el mar. Yo lo miro e inevitablemente siento escalofríos, tiene que estar el agua congelada.
Ellos, quizá, sientan calor o agobio al mirarme a mí, pues aún sigo con la ropa puesta. Sí, tengo frío, el sol no está lo suficientemente alto como para calentar mi cuerpo. Eso y que casi me considero un reptil de sangre fría.
La luna sigue con nosotros.
Busco a mis otras compañeras, esas que llegan sin avisar y creando alboroto. Aún será pronto para visitarme, o para desayunar ¿A qué hora desayunan las gaviotas?
Una madre con su hija, o al menos eso interpreto, ya que podrían tener cualquier otro parentesco; se han sentado justo enfrente de mí.
No me quitan las vistas, se han colocado de tal manera, que mas que molestar, me entran ganas de fotografiarlas, se ven tan bellas, sonríen, charlan, y mientras tanto el mar de fondo adorna la imagen comprendiéndola casi en un cuadro, una adorable estampa. La chiquilla me mira, supongo que se sorprende, o no entiende, que alguien esté sentada mirando al mar, aún vestida, y escribiendo en una libreta en lugar de tener un móvil en las manos"


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