Abro
los ojos lentamente, los párpados me pesan como si cargaran piedras.
Desorientada, miro el reloj de mi muñeca, apenas he dormido dos horas, el
cuerpo me cruje al estirarme, tengo los músculos tan cansados y consumidos que
apenas siento el dolor.
La
habitación, cubierta por una penumbra tranquilizadora, se contagia del silencio
de la madrugada, aún quedan unos minutos para que salga el sol, si me apresuro, llegare a tiempo para ver el amanecer junto a ella.
El
ruido de una silla al moverse me hace percatarme de que no estoy sola, entre
unas sombras traslúcidas reconozco la silueta de Nati, está limpiando
sigilosamente, supongo que para no despertarme. A pesar de estar forrada por su
bata de limpieza, su gorro higiénico, sus guantes azules y su mascarilla de
colores, su figura es inconfundible. Carraspeo para que advierta mi desvelo.
Nati se gira, me mira, e intenta excusarse por haberme molestado. Con una voz
ronca, de recién levantada, le digo que no se preocupe, ella no ha sido la causa
de mi desvelo. Ambas sabemos que es complicado dormir más de dos horas con la
situación que estamos viviendo.
Manteniendo
la distancia de seguridad, le pido que se tome un descanso y vaya por café, su
trabajo se prolonga casi tanto como el mío, el Covid 19 trajo la abolición de
las jerarquías, todos somos necesarios en igualdad de condiciones, aquí han
llegado a ser imprescindibles tanto las limpiadoras como los médicos. Aparta
hacia un lado su carrito de limpieza y abandona la habitación.
Con
gestos mecánicos, aprendidos por mi cerebro de tantas repeticiones durante
estos días, me lavo las manos, me pongo los guantes y la mascarilla, que ya
forman parte de mi cuerpo. Despacio, me acerco a la ventana y miro el
horizonte, quizá en busca de una presencia divina que venga a traerme buenas
noticias, quizá escrutando una salida hacia otra realidad. No consigo ver
ninguna de las dos, solo la desesperación del fracaso, la impotencia de luchar
contra algo superior a la raza humana. Dirijo la mirada hacia la puerta trasera
del hospital, y una vez más el alma se me rompe al ver como dos de mis
compañeros, salen con dos camillas cubiertas con sábanas blancas. Dos nuevas
bajas en tan solo tres horas, el corazón se me encoge al pensar en esas dos
pobres víctimas, en sus familiares, en la rabia que anida en mi interior por no
poder hacer más. Descansen en paz.
Me
tomo el café en un sorbo para intentar activar el cuerpo magullado por el
imparable trabajo. Me despido de Nati que mira absorta un punto en la nada, sus
horas de trabajo son infinitas.
Me
dirijo hacia su habitación, ya estará despierta, raras veces duerme. Por el
camino, me paro con todos los pacientes que desgraciadamente no tienen habitación.
Son tantos. Desde hace unos días hemos tenido que situarlos por los pasillos,
intentando proporcionarles una mayor intimidad, pero tanto ellos como yo,
sabemos que esa palabra ha dejado de tener significado en este hospital. Les
mido la fiebre, los acomodo, les doy un poco de conversación, los calmo,
intento que este infierno se les haga ameno. Mi sonrisa se ha vuelto perenne en
mi rostro, eso hace que se sientan más seguros.
Efectivamente,
Candelaria está despierta, me estaba esperando. Sin decirnos ni una palabra,
las dos esperamos el nuevo amanecer como cada mañana. Mi mano agarra a la suya
pero sin poder tocarla, el tacto está censurado por los guantes. Siento su
respiración costosa, sigo sin estar de acuerdo en que cediera su respirador,
“Los niños lo necesitan más que yo” me dijo tajante.
Candelaria
es una mujer de 92 años, no tiene hijos y apenas le queda familia. Perdió a su
marido en la guerra civil y no quiso volver a casarse. Nada más conocerla, me
engatusó con su cariño y dulzura. Tengo muchos pacientes, pero ella me hace
creer que saldremos de esta, me inculca la esperanza, me educa con su fuerza y
no deja que la rendición cale en mis huesos.
Ingresó
con Coronavirus hará unas dos semanas, y desde entonces nos hemos vuelto
inseparables. Habla poco, cada vez tiene menos fuerza y su respiración se
condiciona por minutos, pero veo en sus ojos todo lo que necesito saber.
Candelaria, una mujer tan vivida, tan luchadora, que haya sido capaz de vencer
a una guerra, a una dictadura, a la muerte de su esposo, que haya pasado hambre
y desolación, ahora se vea desamparada y desprotegida por este maldito virus
que le arrebata el jersey de la vida, tirando poco a poco de un hilo suelto. Y
yo, siendo doctora, no puedo hacer nada.
Es
hora de llamar a casa. Llevo cuatro días sin ver a mis hijos, el único consuelo
es poder hablar con ellos por teléfono. Le digo a Candelaria que ahora vuelvo.
Para
quitarle importancia al asunto y no asustarlos, bastante tienen ya con estar
encerrados, busco un lugar donde estar sola y así quitarme la mascarilla, para
que puedan ver bien la enorme sonrisa que su mamá les regala. Soy breve, no
porque no los eche de menos, si no por el dolor que me causa no poder estar
junto a ellos. Siempre me despido cuando empiezo a notar ese nudillo en la
garganta que te advierte la llegada del llanto. Tranquilos mis niños, todo
saldrá bien, pronto estaremos juntos.
Regreso
junto a Candelaria, en menos de media hora comienza mi turno y quiero pasar ese
tiempo con ella. Candelaria tiene los ojos cerrados, estará descansando,
pienso, susurro su nombre para no asustarla, pero Candelaria no me oye, alzo un
poco más la voz y la zarandeo levemente.
Dejo
de engañarme y abrazo la cruda realidad.
Apareció
el sol para dejar marchar a Candelaria, y queda impregnado en mi recuerdo
nuestro último amanecer, descansa en paz querida amiga que yo seguiré luchando.