Libertad de expresión

Datos personales

Mi foto
Todos los seres viven unos instantes de éxtasis que señalan el momento culminante de su vida, el instante supremo de la existencia; y el éxtasis brota en la plenitud de la existencia pero con completo olvido de la existencia misma. "LA LLAMADA DE LA SELVA" JACK LONDON

23.2.26

Reflexión ¿Oscura?

CONTENIDO ALTAMENTE EMOCIONAL



Esta no iba a ser la entrada que tenía pensado publicar este mes, pero ha ocurrido algo que lo ha cambiado todo, y me veo obligada, por necesidad, a publicar esta. "Mejor dentro que fuera" pensaba como título, porque pretendo soltar todo lo que ronda por mi cabeza, así dejará de hacerme daño y el dolor será libre. Podría hacerlo igualmente a modo privado, escribir los pensamientos que me atormentan y listo, dejarlos ahí, en una carpeta, sin que nadie los lea, para que no hagan daño, para que no rayen a nadie más. Pero no. Necesito compartir estos pensamientos con otras mentes. Tranquilos, no creo que a vosotros os hagan daño, ni tan si quiera que duela un poco, al fin y al cabo son palabras de una desconocida a través de una pantalla...o sea... nada. Solo palabras. Pensamientos íntimos, reservados, exclusivos, convertidos a palabras públicas. Un entretenimiento más... solo eso. Pienso, que, quizá, si lo comparto con vosotros, me deis un enfoque diferente, y lo que pienso que me hace daño, se de la vuelta, y consiga transformarlo en algo positivo, o al menos, más liviano. Siempre es bueno compartir las emociones, y más, si son oscuras. Si te las guardas para ti... creas una cárcel sin escapatoria en tu propia mente, y de ahí a la locura... poco centímetros hay. Aunque tampoco me considero una persona muy cuerda, o quizá sí, pero al estar en un mundo de locos ¿Quién es el loco aquí? Qué mas da... si estoy loca y no me doy cuenta, mejor, porque estar loco y ser consciente de ello debe de ser insufrible ¿O no? He tratado con locos y siempre he querido preguntarles si saben que están locos, pero nunca lo he hecho, no por miedo a que mi pregunta los altere y se pongan agresivos, o se les vaya la pinza y arremetan contra mí, más bien porque me da miedo su respuesta, y si... ¿También estoy loca y su respuesta me resulta más coherente de lo normal? ¿Significaría eso que yo también estoy loca? ¿O que nosotros estamos cuerdos y la locura es en el resto del mundo? A lo que siempre me pregunto ¿Qué es exactamente la locura? ¿Cuál es el nivel exacto para definirla? ¿Quién puede asegurar al cien por cien que está completamente cuerdo? 
Bueno, voy a lo que voy, porque ya me estoy yendo por las ramas, y tampoco era de la locura de lo que deseaba hablar.

Resulta que el 2025 fue un añito... de cojones, sí reconozco que me pasaron algunas cosas buenas, pero... más malas. A ver, quizá no pueda catalogarlas como "malas" en lo que significa la palabra como tal, pero el año fue duro, demasiado dolor para gestionar mientras intentaba mantenerme a flote para no caer en un abismo que no sabía si sería capaz de solventar. Todo comenzó a mediados del 2024 y a raíz de ahí se introdujo en todo el 2025. Ya a finales, cuando por fin sabía que dejaría atrás ese año nefasto que jamás olvidaré, y entrábamos en el 2026, me prometí a mi misma que sacaría fuerzas de donde fuese para seguir adelante, pensaba solo tengo que aprender a gestionar estas nuevas emociones, sacar fuerza de las mismísimas entrañas, no rendirme ante la vida La teoría, genial, ahora ponlo en práctica...
Noticias negativas, una tras otra. No había salido de una que ya tenía embarrada hasta la rodilla la otra. Como si de repente, todo lo malo que había estado evitando de la vida me llegase de golpe, sin remedio, sin solución, ahí lo llevas xoxo pa' que no te aburras. Nada, había estado viviendo en una burbuja egoísta con un pedazo de escudo que me hice yo misma, y vivía feliz, apartada de los problemas ajenos, de los que nunca me sentí responsable. Pero de repente, no sé cómo, tiré el escudo y lo hice añicos, como si pensase que nunca más lo necesitaría ¡Ilusa de mí! Y claro, pues ahí vinieron en mi busca, problema tras problema, dolor tras dolor, superación tras superación, un no parar. A veces ni si quiera era consciente de la cantidad de emociones que podía tener durante unas horas. Me convertí en una auténtica montaña rusa con patas de emociones y sentimientos. Un saco enorme a punto de explotar. Pero no me dejaba avasallar, tiraba como podía. Todo esto en silencio, comiéndomelo sola. Sonrisa para todos menos para el espejo, ese fue mi único sostén, el espejo, a él no podía engañarlo. Con él desparramaba todas las lágrimas que escondía al exterior, todos los pensamientos que tragaba y apartaba para no hacer sufrir a nadie más, todos los gritos que ahogué cuando me ganaba la impotencia y la desesperación. Llegaba frente al espejo y era libre. La típica imagen de alguien que llega a un lugar seguro y se quita la máscara para poder ser uno mismo... pues eso, pero delante del espejo ¿Había máscara? Quizá, pero yo no la intuí. Solo pensaba en ahorrar sufrimiento innecesario a otras personas, que también pasaban por lo suyo. Acabé soportando mi dolor y sufrimiento en silencio, y además, tomé el papel de hombro para que los demás depositasen sus cabezas mientras se desahogaban en lo que ellos pensaban que era una persona fuerte, y no, no lo era, o al menos no tanto como yo pensaba, pero me callé ¿Para qué decir nada? ¿Para crear más inestabilidad y sufrimiento? No. No podía hacer tal cosa. Me callaba, soportaba, ayudaba y cuando llegaba a casa, en mi soledad, y con mi espejo, entonces soltaba.
¿Aprendí? ¡Una barbaridad! Lo que no te mata te hace más fuerte, dicen, pues no sé si seré más fuerte pero sigo viva, que ya es mucho.
Pues nada, llega el 2026 y me siento genial, con infinidad de proyectos por ejecutar, planes...lo normal a comienzos de año, que todos nos ponemos metas y comenzamos con garra y fuerza. Iba bien. De verdad que iba bien. Tú sabes... arrastrando un poco el 2025... pero iba bien. Hasta la maldita noticia. 
Yo me imagino a ese tal dios, sin ofender a nadie, que no digo que ni exista, ni si creo, ni nada relacionado con ese tema, no en esta entrada, es más bien como una imagen proyectada en mi cabeza que voy a describiros. Pues como decía, me imagino a ese dios observándonos a todos desde lo más alto de cualquier lugar, mira menganito está haciendo esto, le voy a ayudar, mira este otro ¿Qué se cree? Vamos a encabronarlo un poquito...y llega a mí, y dice, mira esta, que se cree dura y fuerte después del añito que le he hecho pasar y ahí va, feliz, indiferente, como si nada le afectase ¡Pues se va a cagar! Y me tira un bidón entero de cemento. El cemento ya sabéis que necesita un tiempo para ponerse duro. Pues nada, mientras tanto, yo sigo caminando, pasito tras pasito, cada vez más lento, más trabajoso, siento como se va endureciendo y mi lucha por no quedarme en el lugar es cada vez menos sostenible, pero no desisto. Y ese dios, flipando ¡Y no se para oye! Pues venga, hoy estoy que arraso, otro poquitito de cemento, a ver cómo sigue ahora. Y ese cemento que vuelve a caer sobre mí, ahora me ha dolido, porque el granuja no me lo ha tirado líquido, si no en su proceso avanzado de dureza. Me duele la cabeza del golpe, pero no desisto. Miro hacia arriba con intención de echarle una de esas miradas que matan, pero no, pienso, bueno, él tiene el poder, luchar contra ello solo me debilita, nada, sigo mi camino, embadurnada de un cemento cada vez más duro. Siento que nada me detiene, que puedo conseguirlo, pero por lo visto no puedo ganar esta partida, o esta etapa de mi vida tiene que ser así, cubierta de cemento, para que todo lo que logre se vuelva difícil y complicado ¡Oye, qué sé valorar las cosas! ¡Aprendí hace mucho, no necesito trabas ni impedimentos que me enseñen nada! ¿O sí? Pues esa es la estampa. Un dios descojonado, un alma en pena cubierta de cemento y un largo año por delante...

Entonces, mi amigo, el del cáncer, se muere. ¡Catapum! Me explosiona el corazón y el alma se me va por el retrete...¡Puta vida de mierda! ¡Puto cáncer de mierda! Uy...pareces cabreada... ¿Parezco? ¡Estoy! ¡Y muy mucho! Porque si ya me parecía que la vida era injusta y tuve que aceptar a vivir con ello, ahora es que me parece una verdadera y asquerosa mierda.
Un amigo que primero fue amigo, luego pareja durante unos cuatro años y luego, una vez superado los sentimientos y más maduros los dos, volvemos a ser amigos. Ya os podéis imaginar lo importante que es esa persona para mí y la cantidad de momentos que hemos compartido... Pues al pobre le diagnostican cáncer en Agosto del 2025, y hasta hace unos días, que el pobre no venció. 
35 años recién cumplidos... una verdadera lástima. Impotencia, desgarro emocional y un odio compulsivo a todo lo que me rodea. Esa soy. Un despojo humano lleno de cemento. Todos pasan, me miran, palmadita en la espalda y siguen tan campantes, sin cemento, o a lo mejor ese dios les ha echado otra cosa peor... a saber. Era un chico sano, fuerte y con unas ganas de vivir que contagiaba a cualquiera que pasase por su lado, comienza a encontrarse un día mal, será un resfriado, piensa, al día siguiente tiene fiebre, habré cogido la gripe, se auto diagnostica, al siguiente día no puede respirar, esto ya no es normal, va al médico, se echan las manos a la cabeza ¡Cómo es posible que soporte tanto dolor! Todos los de bata blanca lo alaban y alucinan ¡Nadie en el mismo nivel puede soportar el dolor! Pero él se encuentra bien. Una vez que le han vaciado los pulmones del líquido pleural, él se siente divinamente, deseando que le den el alta y seguir con su vida normal, porque a pesar de haber estado malo, con fiebre y dos litros de este líquido en los pulmones, mi amigo, fuerte hasta el límite, seguía trabajando. Que cuándo le van a dar el alta, pregunta el pobre sin ser consciente de todo lo que se le venía encima, y le dice el médico que le tienen que hacer más pruebas para estar tranquilos, pero que no pasa nada, en un par de días para casa ¿Pruebas? ¿Pruebas de qué? Si yo me encuentro perfectamente. Pruebas para descartar tumores y demás, nada, nada, algo rutinario, nada de lo que preocuparse. Acepta las pruebas. Mientras, porque era un chaval muy nervioso y activo, lo mantienen drogado para que pueda relajarse y dormir. Los de la bata blanca se toman su tiempo para sacar los resultados, claro, su vida no está en juego, para qué correr, este chaval esta sano y se encuentra bien, pongamos atención y rapidez en otros pacientes que lo necesiten más...
Resultado: Hemos encontrado una pequeña manchita en uno de los pulmones...pero tranquilo, puede ser cualquier cosa, no tiene porque ser malo. Vamos a seguir haciendo más pruebas.
Mi amigo se siente bien, no le da ninguna importancia, bah, será cualquier tontería, piensa, él se encuentra divinamente y con unas ganas tremendas de salir de esa habitación.
Pasan los días, los de blanco, mira que tenemos que hacerte más pruebas porque en la primera no vemos bien de qué se trata y debemos asegurarnos. Mi amigo, a regañadientes, acepta. Su paciencia es cortita por no decir que no tiene, pero no le queda otro remedio que esperar.
Resultado: Todo esta en orden, no parece que sea nada malo, te mandamos una medicación y cuando pase un tiempo volvemos a repetir las pruebas para asegurarnos que la manchita ha desaparecido. 
Sigue con su vida normal pero le han dado de baja en el trabajo, por lo visto no debería exponerse a ciertas actividades, al menos de momento, le dicen. Él comienza a rayarse ¿Y quién no? Pero se mantiene a la espera, no conjetura nada, ni para bueno ni para malo, solo se mantiene a la espera. Sigue encontrándose bien, pero algunos días se siente más cansado de lo habitual. Le han cambiado la dieta y prohibido beber alcohol y fumar. Él no se lo toma bien ¡Ni una puta birra me puedo beber! Se queja, normal, entró en el hospital con un estilo de vida y al salir ¡Pumba! Todo cambiado. Se agobia. 
Vuelve a los de la bata blanca, a otros, que se echan las manos a la cabeza porque resulta que la manchita no es solo una manchita, es algo grave que hay que tratar. Pero mi amigo se encuentra perfectamente, no deja de repetir, y ya le han dicho que no hay porqué preocuparse... En las pruebas no se ve con claridad, hay que hacerte otras. Pero vamos a ver, tengo que preocuparme o no. Lo mantienen en vilo...no sé...¿Semanas? Los de la bata blanca tranquilos...mi amigo con la cabeza que le va a explotar, comienza a sentir miedo, no le dicen nada claro, no tiene dónde aferrarse y todas las respuestas son dudosas y turbias. Siguen las pruebas.
Resultados: La mancha es más grande y no solo está en el pulmón, creen que hay más, hay que hacerle más pruebas...
Así durante meses. Él ya no sabe qué pensar, duda de su salud constantemente y comienza a observar el mundo con otros ojos. Se plantea el tiempo, la vida...nunca nombra la palabra pero ya la tiene en su mente. No puede ser. Está exagerando. Es fuerte, joven y sano. No puede ser.
Resultado: Cáncer.
Su estado anímico empeora por días, ha bajado bastante de peso y un dolor insoportable lo acompaña. Si yo estaba bien...piensa el pobre. Le ofrecen diferentes tratamientos para evitar la quimio, le siguen dando esperanzas porque lo han cogido a tiempo y con los avances de ahora no debería de haber problemas... puede hasta que lo operen y le extirpen esa putita mancha. Comienza el tratamiento. Al cabo de las semanas, se lo cambian, no está progresando como esperábamos, le dicen. Le vuelven a cambiar el tratamiento, más pruebas...la manchita ya no es manchita, ni es una sola, tiene metástasis... Descartan la operación y le introducen la quimio.
Mi amigo ya no es mi amigo. Ese ser de luz y bienestar ha sido engullido por una sombra hecha a base de sufrimiento y desesperación. No entiende nada, no puede pensar, su estado empeora por días y siente que la vida se le escapa, pero no se rinde. Las esperanzas cada vez están más lejos, se teme lo peor y el miedo se apodera de él. Su vida se convierte en una lucha constante, contra los pensamientos negativos, contra el malestar físico, contra el sufrimiento de sus seres queridos, contra el mundo...el planteamiento cambia de rol, el rol cambia de planteamiento, todo es un torbellino sin sentido que gira a su alrededor y le hace burlas que lo sacan de su sensatez. Los errores del pasado lo acechan, necesita otra oportunidad, no puede dejarse vencer, él no, pero nunca hubo batalla, más bien la sentencia estaba escrita mucho antes de que él conociese la penitencia, y todos deambulan con una sonrisa forzada pero cabizbajos porque sienten la pesadez del destino en sus nucas. Un secreto a voces. Todos conocen y sienten la verdad, nadie la pronuncia por miedo a que se cumpla la profecía, sin saber que la profecía llega a su fin para degollarnos a todos. 
Tiempos oscuros, me dice él, estoy pasando por tiempos oscuros... y mi oscuridad alumbra a la suya, y dejamos de ver para comenzar a sentir, a sentir miedo, es lo único que se nos permite sentir. Miedo. Incertidumbre. Malestar.
Un único pensamiento, todo el día, un único pensamiento rondando por la cabeza, rebotando en cada pared del cerebro, sorteando a cada neurona ¡No me cogeréis! grita el pensamiento. Rezo sin creer en dios, pero rezo. Le pido a cualquier ser divino, hago promesas, y hasta un sacrificio si fuese necesario ¡Lo que sea! Pero que mi amigo supere esto por favor, que no pueda con él. Comienza mi negación, no, no, no y no. No puede ser. Él va a salir. 
Pero no sale.

Mientras vivimos toda esa agonía, el único método que tengo para comunicarme con él es a través de una pantalla, mediante el chat de una red social. Lo explico.
Cuando terminamos la relación, cada uno cogió un camino diferente, él rehízo su vida, yo rehíce mi vida, y pasaron los años sin que ninguno de los dos se pusiese en contacto con el otro, debíamos curar las heridas. Nunca dudé en que volveríamos a retomar la amistad, aunque fuese de un modo distante, pero sabía, que dejando el tiempo pasar, llegaría el día en que si nos encontrásemos por la calle, podríamos saludarnos como dos personas normales, sin rencores, sin echar nada en cara, sin odio. Ambos aceptamos, con madurez, que nuestra historia de amor no funcionó, ni la culpa es de uno ni de otro, los dos somos culpables, simplemente no funcionó, y en lugar de seguir avanzando con ese resquemor que se le queda a una después de una ruptura, nos dimos cuenta que habíamos vivido tantos buenos momentos y nos habíamos amado tanto, que no merecía la pena tener orgullo para mascar una venganza u odio hacia el otro ¡La vida son dos días! Nos decíamos. Total, que hablamos como dos adultos, exponiendo cada uno sus sentimientos, cómo se sintió en el momento y tratando de comprender al otro, ya os digo que sin ningún tipo de rencor, todo muy maduro y coherente, lo que se dice una conversación entre adultos. Decidimos no perder el contacto y hablar de vez en cuando, y por su puesto, si nos encontrásemos en persona poder saludarnos con tranquilidad y cariño.
Nuestras vidas siguen, él tiene una nueva pareja, yo también. Hablamos y nos ponemos al día ¡Qué alegría! Le va genial, ha conseguido el trabajo de sus sueños y con su pareja esta viviendo una bonita historia de amor ¡Se lo merece! Cada vez que veo sus fotos me nace una sonrisa en la cara ¡Se merece ser feliz! 
Hablamos siempre mediante una pantalla, ninguno se atreve a planear una quedada física por no importunar a nuestras parejas, no todo el mundo acepta una relación de amistad con un ex, es comprensible, y ambos, por evitar discusiones o malos entendidos, seguimos hablando a través de las pantallas, da igual, al menos seguimos hablando.
Pasa un largo tiempo, las conversaciones se frenan, él está liado con sus cosas, yo con las mías, y otros acontecimientos nos tienen más concentrados. Y un día, en una red social, sube una historia, una foto con un ramo de flores y un rótulo: Tranquilos todo va a salir bien. Digo uy...¿Qué ha pasado? Le pregunto directamente y me cuenta lo que os he relatado antes, que está ingresado y tal... Me asusto un poco pero sus palabras de seguridad hacen que me relaje y no le de más importancia. Sin embargo, no dejo de pensar en él, si estará bien, si los resultados han ido bien... comienzo a hablarle todos los días. Él me informa de todo cuanto le dicen y hacen, cada día es una nueva sorpresa, una inquietante noticia, él se desahoga, yo empatizo. Las conversaciones se hacen más profundas, se sincera conmigo, siente miedo, yo también pero no se lo digo. Seguimos a través de la pantalla. Intento convencerlo para que me deje ir a verlo al hospital, me dice que no le parece buena idea pero que no me preocupe, que nada más le den el alta nos veremos en persona. No insisto, lo respeto, sé porque me ha dicho que no, es por vergüenza, no quiere que lo vea en ese estado.
Le dan el alta. Seguimos hablando por la red social, me cuenta que esta amargado, que su vida ha cambiado completamente y que no sabe qué le deparará el futuro, que ni si quiera sabe si tiene un futuro. La cosa pinta mal, me dice.
Lloro, lloro mucho, no hay día que no llore por él. Suplico ¡Qué salga de esta! Pero nadie me escucha. Insisto en que nos veamos, necesito darte un abrazo, le digo, pero él vuelve a rechazar la proposición con excusas que piensa que me creo, yo, que lo conozco muy bien, me hago la tonta y lo respeto, no puedo obligarlo, tiene otras cosas más importantes en las que pensar, no quiero incomodarlo. Acepto seguir tras la pantalla, al menos seguimos hablando.
No contesta. Un día, dos, tres... contesta. Esto es un infierno, me dice. Lloro, suplico y empiezo a rezar ¡Qué lo supere por favor! 
Las conversaciones se reducen, ya no hablamos todos los días, ahora mantenemos un diálogo corto y en pequeños trazos de tiempo, cuatro días es el máximo en el que contesta a mis mensajes. A veces me lee y no contesta. Otras tarda días... Intento no darle importancia, no preocuparme más de lo necesario, todo va a ir bien, es él ¿Cómo no va a salir de esta? Me digo para autocompadecerme, para quitarme los miedos.
No contesta. Una semana...y no contesta. Me temo lo peor. Intento mantener la calma ¿A quién puedo preguntar que me de información? No tengo el número de su pareja, ni de su madre, tampoco sé si los amigos que tenemos en común están al día de lo que está viviendo y no quisiera meter la pata. Me contengo. Espera, me digo, está pasando por momentos muy duros, quizá ni si quiera tenga fuerzas para coger el teléfono. Al fin contesta. Me dice que en pocos días lo ingresan otra vez, que le han suspendido la quimio. Lloro, lloro y suplico mucho, me invade una agonía que no se cómo gestionar, el estrés se apodera de mi ojo con un extraño tic molesto, que aún conservo por cierto, y la ansiedad, mi vieja amiga, vuelve a sentarse en mi pecho en la soledad de la noche.

Ahora soy yo la que no le habla, no puedo, tengo miedo de que mi mensaje jamás sea leído, tengo miedo de no recibir ninguna contestación... ¡Miedo otra vez! ¿Qué hago? Vuelvo a pensar a quién preguntarle, necesito saber cómo está. Me abstengo, no molestes, me digo.
Le hablo, le pido disculpas por haber estado en silencio durante unos días y le explico la razón. No contesta. Me pongo en lo peor. Ahora sí que sí, seguro que ya no contesta ¡Joder qué hago!
Dos mensajes atropelladamente escritos, no te preocupes (refiriéndose a mi excusa) estoy pasando momentos muy oscuros, me dice. Le contesto, le digo que si me preocupo, que no lo puedo evitar, le pregunto en qué hospital esta ingresado y se le están haciendo más pruebas (ya sé que no, pero tampoco sé qué decirle a estas alturas) y le mando toda mi fuerza y un fortísimo abrazo.
No contesta. Una semana...dos... no contesta.
Intento mantenerme distraída, continuamente haciendo cosas para que la mente no piense, evito llorar, no quiero, llorar es dar por hecho lo que no quiero. No. Vuelve la negación a los hechos, a la realidad.
Casi se van a cumplir tres semanas desde que le envié el último mensaje, mis esperanzas se desvanecen y
una pena enorme se apodera de mí. Me temo lo peor. 
Me levanto tarde ese día, y pongo el internet, mientras voy a preparar el café escucho el sonido del chat de la red social ¡Es él! ¡Tiene que ser él!
Efectivamente, un mensaje de su cuenta, pero no es él. Es su pareja informándome que mi amigo nos ha dejado. Desolación. Dolor. Sufrimiento. Tiro el móvil y me derrumbo en el suelo... Adiós amigo, descansa en paz, digo entre sollozos mirando al techo de mi casa.

Y ahora que ya os he puesto a la orden del día, comienzo con las reflexiones, esos pensamientos que os comenté al principio de la entrada, esos mismos que quiero compartir con vosotros.

La primera pregunta que me hago es cómo voy a superar esta mierda si ni si quiera he tenido la oportunidad de mantener un último encuentro físico. Es decir, durante seis meses hemos estado hablando mediante una pantalla, la única información que me llegaba era por su parte, solo por escrito, nunca nos mandamos mensajes de voz o video, solo palabras escritas. Mi mente asocia que tras esa pantalla, él esta al otro lado, que sigue estando ahí, que de un momento a otro volverá a sonar el sonido del mensaje de la red social. Siento como que la conversación no ha concluido, que de un momento a otro tendrá que decirme algo más... mi mente es incapaz de aceptar la muerte, tan real, a través de una pantalla, tan virtual. Son dos mundos tan diferentes, uno es real, el otro completamente ficticio, sin embargo, he utilizado el ficticio para algo real, pues esas conversaciones contienen un alto nivel de emociones y sinceridades que no se pueden fingir. Cada vez que abro la red social, inconscientemente, me dirijo al chat y abro la conversación, intento leer pero es ver lo último que me puso y salgo rápidamente. No sé cómo explicar la sensación. Me pongo nerviosa, dudo, y me digo que quizá contestará ¿Y si contesta? Sigo preguntándome. Es solo una pantalla, lo que hay detrás de cada una es otro mundo ¿Real? 
Siento que no he cerrado la puerta, que no puedo pasar página, que algo se ha quedado a medias y si no zanjo, no puedo seguir avanzando. Hasta qué punto hacemos real lo irreal. Hasta qué punto el mundo virtual se convierte en el físico, en el tangible ¿Se puede vivir una muerte a través de una pantalla? El mismo dolor que siento me inculca estupideces en la cabeza, como que puedo hacer que siga vivo al menos en esa conversación, puedo hacer como si nada hubiese pasado, no es real, él sigue aquí, al otro lado de la pantalla nunca estuvo él, era otro, otro que se hizo pasar por él. Él sigue vivo.
El principal problema de que me ocurra algo así, es porque lo conocía tan bien, que cada vez que leía sus palabras, podía visualizar perfectamente los rasgos de su cara, la entonación de su voz, incluso, la intención de su mirada. No era necesario tenerlo delante, él escribía y mi mente, recopilando recuerdos, lo escenificaba en mi cabeza de forma tan real que lo hacía palpable. Y ahora, que se ha ido, sigo haciendo lo mismo ¡Cómo! Él ya no está, solo queda su recuerdo en mis memorias ¡Cómo acepto la realidad! 
Es todo un bulo, una ficción, cualquier día me lo encuentro por la calle, pienso ¡Seré gilipollas! ¡Tía que no! Es mi propia mente la que me juega malas pasadas, la que me hace creer en algo que no es, porque en el fondo no quiero aceptar la realidad.
Está confirmado, es real. Sin embargo siempre aparece ese estúpido pensamiento, basándome en la conversación, de que puede que... ¡Basta! Me exijo. Pero solo son palabras.
¿Será una nueva forma de pasar el duelo? ¿Serán así las despedidas con las nuevas tecnologías? Antes, cuando moría un ser querido, si no habías podido acudir en sus últimos días a visitarlo, o la muerte era inmediata por culpa de un accidente, bastaba con ir al entierro y verificarlo, tu mente asociaba la pantomima con la verdad. Pero esto... esto es completamente nuevo y desconocido para mí, no tengo ni puta idea de cómo voy a gestionarlo, de cómo tengo que aceptarlo, y sobre todo, de cómo puedo controlar la infinidad de pensamientos extraños que no cesan.
Pensé en borrar la conversación, pero no quiero, es lo último que me queda de él. Me aferro a esa conversación ¿Estoy aceptando la locura de la que intento escapar? 
Sé que algunos no entenderán lo que quiero decir, ni yo misma lo entiendo a veces, es que es complicado de explicar. Intento ordenar los pensamientos para poder exponerlos y que sean entendibles, pero me faltan palabras adecuadas, expresiones cercanas, lucidez. Tengo tanto dolor... 

Otro de los planteamientos que me hago es qué hubiese pasado si no existiesen las redes sociales ¿Me habría enterado de lo que estaba pasando mi amigo? ¿Habría tenido la oportunidad de hablar con él en sus últimos días? En cierto modo, debo agradecer la existencia de la tecnología, gracias a ella he podido intercambiar los últimos momentos que la vida me tenía reservado con él, pero... no deja de ser frío y lejano, cuando yo, soy todo lo contrario. Siempre me he adaptado a cualquier tipo de circunstancia, y por lo visto, también lo hago con el mundo virtual que nos tiene a todos hipnotizados y absortos, pero esto... me confunde, me hace pensar en qué clase de humanidad nos estamos convirtiendo, a dónde seremos capaces de llegar ¡Me aterra! 

Y entro en las dudas existenciales...
¿Qué valor tenemos las personas? ¿Hasta que punto se nos recuerda? A ver como pongo esto... Lo que quiero decir es que cuando te mueres, te lloran y te echan de menos, se supone, pero la vida sigue, unos te olvidan a los pocos días, otros ni si quiera le dan importancia, y los demás, los mas allegados, te recuerdan constantemente y te mantienen en sus corazones. Pero... ¿Ya está? Todo lo que has realizado en la vida, todos tus logros, todos tus errores, todos tus pensamientos... ¿Dónde quedan? Me refiero a lo tuyo propio, a lo que solo te pertenece a ti ¿Qué pasa con eso? Los demás te recordarán por lo que vivieron contigo, pero ¿Quién recordará tus recuerdos? ¿Quién guardará tus pensamientos e ideas para disfrutarlas? ¿Qué pasa con esos momentos que tan solo tú encierras en tu mente? ¿Desaparecen para siempre? ¿Dejan de existir sin más? Entonces ¿Qué sentido tiene tenerlos en vida? ¿Qué sentido tiene guardar secretos? ¿Mentir? ¿Decir la verdad? Te mueres y... al carajo todo ¿Para qué entonces el esfuerzo? ¿La disciplina? ¿La constancia? Te mueres... y ya ¿Y ya? No puede ser. Debe de haber algo... una recompensa por todos los sacrificios, alguna meta, no sé... ¿Todo pierde su valor? Para qué voy a darle importancia a algo si cuando me muera a nadie le importará, sí, me llorarán... ¡Qué pena! ¡Con lo buena que era! Pero sigue haciendo la compra, sigue tendiendo la lavadora o sigue empinando la copa... ¡Jamás te olvidaré! ¿Y eso de que me sirve? ¿De qué me sirve que no me olvides si todo lo que hice dejó de existir conmigo? 
Pienso en mi amigo. Lo recordaré siempre, pero lo recordaré junto a los momentos que viví con él, sin embargo, en su intimidad, en sus pensamientos, en su soledad ¿Quién mantiene eso? ¿A dónde ha ido? ¿Dónde se metieron sus sueños, sus inspiraciones, sus metas? ¿Quién las cumplirá? Y si las hubiese cumplido... ¿Qué pensaría él antes de marcharse? ¿Para qué disfrutar del presente si se desvanecerá como si nunca hubiese existido cuando se va?
Observo el resto del mundo. Siguen tranquilos, nada ha ocurrido, nada ocurre, solo sus vidas, sus preocupaciones, sus ombligos, pero mientras tanto... personas mueren en guerras, por hambre, por asesinato, pero da igual, es la vida, te dicen ¿La vida? No... eso no es la vida, eso es la muerte. La vida es otra cosa, tiene que ser otra cosa. No lo estamos haciendo bien, algo nos hemos saltado o no queremos ver. ¿Cómo va a ser esto la vida? ¿Qué sentido tiene entonces? Muere gente, gente que será olvidada, como si nunca hubiese existido, y todos piensan... mientras sea otro y no yo... No habrás sido tú ahora pero ya te llegará el momento como a todos ¡Ah! Espera que esto ya acojona si se piensa que le puede pasar a uno mismo. Entonces sí te preocupa ¡Hombre es que soy yo! Ya... y aquel es aquel, y el otro es el otro ¿Es que la vida de las personas no tienen el mismo valor? ¿Hay personas que valen más que otras? ¿Hay personas que sí serán recordadas eternamente por encima de otras? ¿Sin diferenciar las buenas de las malas? ¿Los importantes? ¿Y qué ocurre con el resto? 
No me cuadra... no lo entiendo...

¿Pensáis ahora que sí me he vuelto loca? No. No es locura. Es dolor. Porque mi amigo, joven, sano y fuerte, en 6 meses, se ha ido. No es locura. Es sufrimiento. Porque no acepto lo que no puedo controlar. No es locura. Es miedo. Porque igual que le ha ocurrido a él también me puede ocurrir a mí.
Ojalá me vuelva loca... al menos viviría feliz...






10.1.26

Noche de Reyes


Pertenezco a una generación en la que "Papa Noel" se mantenía en un segundo plano. Conocíamos de su existencia e incluso nos parecía divertido, pero nosotros, a quienes realmente escribíamos la carta con nuestros deseos más preciados era a "Los Reyes Magos". Cuando eres niño la navidad es la fiesta que más te gusta, te reúnes con toda la familia, dulces y golosinas a tutiplén, cabalgatas, música constante, felicidad, alegría y...regalos. Regalos por todas partes. Paquetitos de colores vistosos y llamativos colocados bajo un árbol o portal de belén esperando a ser desbaratados y descubiertos para provocar expectación, emoción y diversión. Cuanta más edad tienes, esta sensación de intriga y nervios disminuye sin darnos cuenta, y la noche de reyes se convierte en lineal y casi obligatoria. Descubres que no era una noche mágica sin la participación, dedicación y empeño de tus familiares, que no todo es tan bonito y maravilloso, y de que si no hay dinero...los reyes ni asoman el hocico del camello. Sin embargo, aunque tú ya eres mayor, pero tienes la suerte de tener hijos, sobrinos, o niños pequeños en tu entorno, esa magia nunca se pierde del todo, con la diferencia de que esa misma ilusión que ha dominado tus impulsos durante tantos años, en lugar de vivirla en primera persona, comienzas a vivirla a través de los ojos y emociones de los más peques de la casa.
Afortunadamente he tenido el privilegio de vivir en una familia que ha sabido inculcar a la perfección una noche tan mágica y especial. Durante mi niñez no ha faltado ni una sola noche de reyes y me siento muy agradecida por ello. No obstante, cuando la vida te incorpora al estado de madurez, los años no perdonan y las circunstancias van cambiando debido a las obligaciones, esta maravillosa noche pasó casi a ser invisible en mi vida, voy a escribir casi por no poner imposible pero debido al trabajo, o al menos al que me dedicaba antes, me vi en la obligación de no poder disfrutar, durante 20 años, de ésa noche tal y como lo hacía cuando era pequeña, y por lo tanto, la ilusión fue disminuyendo hasta el punto de coger manía a dicho día simplemente por tener que trabajar y privarme de esos momentos especiales rodeada de las personas que más quiero.
¡Eh! ¡Pero la vida da muchas vueltas! Y el destino quiso brindarme la oportunidad de volver a revivir la Noche de Reyes como si volviese al pasado, no con la misma edad...eso ya hubiese sido la hostia jeje pero sí con mi familia de siempre +1. Y tengo que confesar que fue una de las mejores noches que he pasado en mi vida. 
Normalmente no me gusta compartir momentos tan íntimos con desconocidos, pero fue una noche tan bonita, repleta de tantos valores y emociones que hacía tanto que no recordaba, que la misma ilusión que recorrió mis venas esa noche la he querido compartir con vosotros. A pesar de los inconvenientes, mi familia siempre ha encontrado la manera de poder intercambiarnos los reyes, ya sea trasladándolo de día, cambiando el lugar, o lo que fuese necesario, pero los reyes los dábamos sí o sí, a nuestro modo y con nuestras reglas...jeje. De niña la casa de mis padres siempre fue el lugar elegido, pero con los años, las emancipaciones y demás, teníamos a los reyes magos mareados con las direcciones, viéndose obligados a utilizar, cada año con más precisión, el Google maps para encontrarnos...
En esta ocasión se nos presentó la oportunidad de volver a elegir como casa principal el domicilio de mis padres. ¿No os pasa que siempre que os encontráis perdidos o fuera de lugar la casa de vuestros padres os resulta el refugio más seguro? Nunca me había parado a pensar en ello detenidamente. 
A ver, tengo mi casa, mis costumbres y mi vida, como cualquier adulto, pero la casa de papá y mamá siempre esta ahí. El refugio perfecto. El espacio más seguro del planeta. Es como cuando jugabas al pilla pilla y te subías en un banco y gritabas ¡Casa! y ahí no podían atraparte por nada del mundo. Pues así lo imagino en mi cabecita cada vez que entro por la puerta de casa de mi madre ¡Casa! Ea … segura de todos los peligros que me acechan.
Total, día de reyes adjudicado en casa de los abuelos. Porque claro, al igual que yo cumplo años...mis padres también, y han subido de rango, ya no son papá y mamá, ahora son los abuelos.
Llegamos reventados de ver la cabalga, corre por aquí, ahora para la otra calle ¿Nos quedan bolsas? ¿Los vemos una vez más? ¿A qué hora se recogen? ¿Cenamos luego?... el peque de la casa frito, gestionando la energía para el día siguiente, deseoso de ver si su buen comportamiento ha servido para que los reyes le traigan los regalitos que tanto desea, ajeno a la realidad, al trabajo que los demás componentes de la familia nos queda por hacer. 
Sin hacer apenas ruido, vamos colocando los regalos, caramelos, golosinas, globos y toda la parafernalia tal y como mis padres nos han inculcado. Aquí comienza la nueva emoción que descubrí y he querido compartir con vosotros. El hecho, aunque sea simple, de estar colocando los regalos cuidadosamente, aguantando las carcajadas, visualizando que los colores de los paquetes estén bien repartidos, que llamen lo máximo posible la atención del protagonista, controlando el cansancio del día, deseando coger la cama de una vez, y todo lo que conlleva ese momento, me da por pensar en la cantidad de veces que mis padres han realizado esos mismos movimientos, la de veces que se habrán reído y disfrutado montando y desmontando, pendientes de que no despertásemos. La verdad que formamos un buen equipo, una para dirigir, la otra para organizar y colocar, y yo, nerviosa como si volviese a tener 4 años, mordiéndome las uñas sin parar y seleccionando cada regalo que me iban pidiendo. El peque hasta roncaba sin inmutarse de nada, y nosotras, las susodichas "Reyes Magos" con un único pensamiento: Crear felicidad.
Una vez que estaba to el tinglao montado, decidimos, al fin, irnos a descansar. ¡Ay que extraña me sentí! Cuando después de casi 23 años...volví a introducirme en mi camita, en mi habitación, con mi hermana en la cama de al lado y mis padres en la habitación contigua ¡El tiempo se había detenido! ¡Habíamos viajado al pasado! Una sensación tan chocante como placentera, tanto, que me cuesta un poco poder describir lo que sentí con palabras, que raro en mí... ¿Qué yo no pueda describir una emoción? ¡Eso como va a ser posible! Si las palabras son mi mejor aliado y describir emociones mi mayor virtud. Pues parece ser que en esta ocasión vais a tener que indagar un poquito más en la empatía para poder comprender lo que quiero compartir. 
Una vez metidita en la cama, de 90 por supuesto, imaginad a una tía de casi 40 tacos, acostumbrada a dormir en cama de matrimonio, rodeada de fotos y cositas pertenecientes a mi infancia, porque eso es otra, mis padres han intentado mantener nuestra habitación tal cual la dejamos, y aquello... revivir ese estado...¡De verdad que es inexplicable! 
Algunos pensaréis, ay chica, pues tampoco es para tanto, una noche en casa de los papás, pues como una visita cualquiera solo que pernoctando, que exagerada, o que dramática ¿No? Bueno...quizá para mí tenga una importancia que otras personas no pueden ver, o bien porque no tuvieron una infancia parecida a la mía, o bien porque no valoran los momentos con tanta intensidad, o simplemente porque la gente es así de gilipollas...y en lugar de empatizar para poder sentir esa felicidad que intento compartir con vosotros, se dedican a destruirlo todo. Bueno da igual, escribir lo voy a escribir igual jeje.
Me coloco bocarriba y dejo que mis ojos se habitúen a la oscuridad, y de repente, no tengo 40 años, ni mi hermana duerme con su hijo en la cama de al lado, si no que ambas volvemos a ser unas niñas ilusionadas por la noche de reyes. El hogar de toda la vida vuelve a estar al completo con todos sus miembros ¡Maravilloso! ¡Único! ¡Un momento inolvidable! 
Miro las cortinas ¡Cuántas veces no me habré quedado dormida mirándolas! ¡Cuántos recuerdos! Miro los muebles ¡Cuántas horas estudiando en ese escritorio! ¡Cuántas horas de juegos con mi hermana! Miro la puerta cerrada ¡Cuántas veces llamó mi madre para sacarnos del juego! ¡Cuántas veces entró sin llamar porque estábamos en su casa! jajajaja y los recuerdos se disparan, uno tras otro, y los nervios se acumulan en el estómago, y rememoras cada instante vivido en esa misma habitación, las peleas, las risas, los muñecos, las historias inventadas, los sueños por cumplir, los castigos, los secretos de dos niñas que aún no sabían lo que les depararía el futuro...un conjunto tan completo y extenso que acabó por quitarme el sueño.
Y la mente, que se ha venido arriba con tantos recuerdos, empieza a desarrollar una serie de pensamientos que se escapan de la razón, y empiezas a imaginar qué pasaría, si fuese posible, darte la vuelta en la cama y volver a verte con 4 años ¡Cuántas cosas no te dirías! ¡Cuántos abrazos no te darías! Y entonces, sin querer, comienzas a dar las gracias, por todas esas noches de reyes que tus padres hicieron que fueras feliz, por todos esos regalos que pedía sin valorar realmente el esfuerzo que hacían ellos para conseguirlos, por todo el cansancio que tuvieron que dejar de lado, por todo el trabajo que les proporcionó que a sus hijas no les faltase la ilusión...¡Gratitud inmensa! Gratitud y nostalgia, porque en el fondo sabes que hace mucho que dejaste de ser pequeña, que quizá esa noche, que estas viviendo, sin esperar, de forma tan intensa, no se vuelva a repetir, y sabes que, con más ahínco, debes valorarlo, apreciarlo, porque el tiempo sigue pasando, porque los momentos no vuelven, porque hoy estás aquí pero...¿Y mañana? Incertidumbre. Entonces agarro con más fuerza las mantas, hundo mi cara contra la almohada, inspiro ese aroma tan peculiar que todos tenemos en nuestras casas y que no somos capaces de diferenciarlo hasta que no nos emancipamos y cambiamos de olor, y al regresar es cuando reconoces ese olor, huele a casa de tus padres. Inspiro con todas mis ganas, para marcar el recuerdo, para grabarlo en lo más profundo de mi ser, para que quede tatuado en mi alma. Inspiro y cierro los ojos con fuerza, dando gracias continuamente y deseando que la vida me vuelva a regalar un momento como aquel. ¡Ojalá el tiempo se detenga! Pienso por último, sintiendo que el sueño se apodera de mi conciencia ¡Ojalá el instante se convierta en bucle! Como esas películas o series en los que los protagonistas no dejan de revivir el mismo día una y otra vez ¡No me importaría vivir en este maravilloso bucle de felicidad! 
El sueño y el cansancio...ganan la partida.
A la mañana siguiente, la personita más especial de mi vida, se pasa a mi cama y me despierta de la manera más dulce en la que se puede despertar una persona. Yo, que normalmente no tengo un buen despertar, olvido dónde estoy, pero al ver su carita de ilusión, de nervios, me enfrasco en su misma emoción, y con apenas dos horas de sueño en el cuerpo, me levanto como puedo y lo sigo hasta la sorpresa de que se ha portado genial y los Reyes Magos le han traído muchos regalos. 
Y otra vez el nudito en la garganta.
Los abuelos, a los que también ha despertado con esa dulzura que lo hace único y especial, sonríen a pesar del cansancio, y a todos se nos contagia su felicidad.
Tras admirar la cantidad de regalos y chucherías que le han traído los reyes ¡Comienza el zafarrancho! Se reparten los regalos, se abren con ilusión, reímos, nos miramos con ternura, yo sigo aguantando el nudito...no quiero que nadie lo note, no quiero que ninguno se de cuenta de lo verdaderamente importante que está siendo ese día para mí, pues muy a mi pesar, el tiempo de sentirnos especiales en ese día...ya pasó, ahora el protagonista es el peque, los reyes han venido en exclusiva para él, y en su preciosa carita inocente se aprecia en cada gesto la alegría que contiene en su interior.
Miro a cada miembro de la familia, todos los ojos van dirigidos al infante, y vuelvo a sentir gratitud infinita, vuelvo a sentir cada vello erizado por ese momento mágico, y en un pensamiento fugaz, imagino que en muchos años, será él quién lo viva, quizá, con sus hijos, y me aferro a que ese momento, el que estamos viviendo en ese preciso instante, perdure, perdure unas horas más ¡No me lo quites todavía tiempo! ¡Haz la vista gorda! ¡Sigue tu camino pero déjanos este momentito un poquito más! ¡Qué bien se esta en la felicidad!
Luego, una vez pasado los nervios y la locura de los regalos, desayunamos todos juntos ¡La de años que no desayunábamos en familia! Ese olor al café de mi madre, que no es que ella lo haga especial, pero...el olor a café en casa de mis padres huele diferente, igual que las tostadas. Esa luz entrando por la ventana, la tele de fondo, todos los papeles por el medio y mi madre sufriendo por recoger mientras mi hermana y yo le insistimos en que lo deje para más tarde. Las voces de los vecinos mientras también viven su día de reyes. ¡Qué ambiente más peculiar! ¡Qué sensación de placer! 
Para no salirnos de la tradición, a la hora del almuerzo ¡Pizza! Nada más y nada menos que en nuestra pizzería preferida ¡Sigue abierta después de tantos años! 
No hay nada mejor para reposar la comida que una buena película en familia ¡Hasta la película elegida fue única! Lástima que toda la familia sucumbió al cansancio y se quedaron dormidos, bueno, toda la familia no, el peque y yo (Que me convierto en una peque más si estoy con él) la vimos hasta el final jeje ¡Que maravilloso momento entre tía y sobrino! ¡Gratitud de nuevo! 
Después, para no molestar a los demás, nos fuimos a jugar a otra habitación, y las horas se convirtieron en segundos...cuando quisimos darnos cuenta habíamos llegado a la hora de cenar, tristemente llegaba el momento de separarnos cada uno a su hogar.
¿Qué me trajeron los reyes? Pues cositas que me encantaron, eso a nivel material, pero sabéis cuál fue mi mejor regalo...el mismo día de reyes.